La opinión del lector
Yo tengo, tu no tienes
Tener o no tener. Esta parece ser la discordia de nuestro tiempo. Cada día se destapan más casos de altos mandatarios de nuestras instituciones públicas que, por decirlo de alguna manera, se «pasaron» de materialistas. Los recientes acontecimientos del descubrimiento de las tarjetas ‘black’ y de la operación Púnica no hacen más que entrever que el proletariado fue el único afectado durante la crisis económica.
Hace tres años conocí en profundidad la situación de un chico de mi edad. Casualmente era de mi barrio y me lo encontraba a menudo con su familia. Tiene un hermano pequeño. Sus dos padres, en paro, caminaban juntos con cierta frecuencia a un cajero próximo a las inmediaciones del lugar donde estudio. Al salir del cajero yo me quedaba mirando sus caras de preocupación. El saber lo que de verdad les pasaba me ayudaba a comprender su triste expresión. Qué difícil ha de ser para unos padres decirle a sus hijos que la situación es complicada. A día de hoy no conozco su situación. Solo sé que este chico no está en la universidad.
Este caso se lo contaba yo a mis padres. No sé la cifra exacta de familias que, como ésta, tuvieron que sobrevivir para no acabar desahuciados o sin nada que llevarse a la boca. Ahora que todos estos casos de corrupción están saliendo a la luz a mí me asalta una duda: ¿No hubo nadie que les mostrara a estos «materialistas en exceso» situaciones como ésta? ¿Nadie les dijo que había gente pasándolo extremadamente mal? Quizás ahora que están en un lugar que nada se asemeja a sus cálidos despachos tengan tiempo para pensar en ello.
Pienso cada día en mi padre, en su incorruptible honestidad, con su sueldo correspondiente trabajando más de doce horas al día. Viviendo bajo el lema de «darlo todo para los demás». Y que sin tener tanto como tienen otros, tiene todo cuanto quiere.
Hace tiempo yo bromeaba con él. «Yo quiero tener un Lamborghini», le decía. Él, con incrédula mirada, se reía. Al principio yo pensaba que se reía porque veía difícil el hecho de que yo algún día pudiera adquirir dicho coche. Pero ahora lo entiendo. Mi padre no quiere un Lamborghini. No se compraría nunca un Lamborghini, ni un Bugatti, ni un Rolls-Royce. A él no le importa el dinero, ni «tener». Espero que haya muchas más personas que, como mi padre, piensen de la misma manera.
Ahora sólo me queda mencionar la fragilidad de nuestro entorno. Y lo arriesgado que es ser «materialista en exceso». La diferencia para ellos entre el tener y no tener dinero era prioritaria y que por tanto tener, ahora tienen tan poco.
Pensándolo fríamente, muchas otras personas, como mi padre o como yo siempre tuvimos más que ellos, aunque nuestras posesiones no se reflejaran en los números de un banco. Sí, nosotros siempre tuvimos más dignidad.
In memoriam del
profesor Martínez Míguez
Pocos tragos puede haber más amargos que escribir sobre un discípulo al que acaba de abandonar la vida. Manuel Martínez Míguez fue alumno de Derecho mercantil en la Universidad de Santiago de Compostela durante los cursos 1978-79 y 1979-80 y desde que lo vi en el aula supe que era una persona especial.
Hacía gala en aquellos años de una gran rebeldía en el vestir, pero desde que hablé con él por primera vez caí en la cuenta de que era una persona sumamente inteligente y con una extraordinaria sensibilidad.
Al acabar la carrera de Derecho, en junio de 1980, me comunicó que deseaba hacer la tesis doctoral bajo mi dirección e iniciar la carrera universitaria. En aquel momento, yo estaba a punto de trasladarme a la Universidad de León y no dudé ni un segundo en llevármelo conmigo. Permanecimos juntos algo más cinco años y desde entonces lo he tenido por un discípulo destacadísimo.
Además de su aguda inteligencia, Manuel estaba especialmente dotado para la enseñanza y muy pronto se hizo querer por el alumnado al que se entregaba año a año con la pasión que sólo se puede explicar cuando se siente una profunda vocación universitaria como la que él tenía.
Fue autor de una tesis doctoral magnífica que no llegó a ser publicada, pero que fue objeto de constantes citas doctrinales por referencia, y cuya publicación fue reclamada en más de una ocasión por sus colegas y los especialistas del foro.
Pero con ser muy importante su faceta profesional, lo mejor era él como persona. No se dejaba conocer fácilmente, pero era una amigo leal, dispuesto a dar lo mejor de sí cuando se le necesitaba, y que fue dejando girones de su corazón en los sinsabores que le deparó la vida.
La Universidad pierde un gran profesor y todos los que lo queríamos un excelente amigo, por eso no puedo menos que hacerle el pequeñísimo homenaje —a la vista de lo que merecía—, de hacer público mi reconocimiento a su brillante trayectoria personal y profesional, y me permito en nombre de todos sus alumnos agradecerle su entrega y dedicación en unos tiempos universitarios que no fueron fáciles.
Descanse en paz rodeado del enorme afecto que deja aquí y mi más sincera condolencia a sus familiares.