Diario de León
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León

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La casa está sin barrer desde hace bastante tiempo, pero nunca es tarde si la limpieza es buena. Lo peor de los males que nos afligen es creer que no tienen remedio. Por eso, Pablo Iglesias, que aún no ha revelado su programa, se ha constituido en la esperanza blanca, o roja, o de cualquier color que no se resigne a seguir pasándolas moradas. Algo habrá que hacer cuando no se puede hacer nada. ¿Es sugestivo prometer el final de la llamada Transición, que tanto éxito tuvo en su estreno y en sus escenificaciones siguientes? Pide un proceso constituyente para abrir el oxidado que cerraba las puertas dejando algunos resquicios. Iglesias, que tiene algo de kung fu adolescente, todavía no ha engañado a nadie. Sus verdades, tan hipotéticas como deseables, han sido escuchadas por buena parte del decepcionado auditorio y el incipiente partido arranca con una estructura que aún no ha probado su fortaleza contra el bipartidismo, ni contra los que aspiraban a sucederle en los sucesivos pastiches.

La crisis amenaza a toda Europa, pero entre nosotros ha crecido tanto que algunos se están dando con los cuernos en el techo de sus posibilidades.

Es un buen momento para los insatisfechos, que somos casi todos, y este joven líder, no menos sereno que impetuoso, es el único que cree en su propio proyecto. Más de 95.000 personas le auparon en una lección por internet y la escoba está en sus manos, pero la mierda acumulada es mucha y hay que ponerle letra a la música de este flautista de Hamelín que se está llevando a niños y mayores detrás de él. Quienes desdeñen el fenómeno no solo no conocen el país donde viven, sino la naturaleza humana. Agrupar a todos los descontentos es una garantía de la victoria y no solo España, sino toda Europa, presenta sus quejas. Al mismo tiempo.

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