LEÓN EN VERSO
Saturados
N o es de ayer esa saturación circulatoria que sobreviene a muchas calles donde coinciden dos o tres vías según el catálogo de tránsito, de esas que contribuyen a elevar la consideración de urbe moderna que tiene la ciudad para los forasteros. Sobre todo, si llegan de Amsterdam, de Oslo o Copenhague, o cualquiera de esos templos del mundo sostenible, avanzado, vanguardista. Qué pensarán al ver la herencia de la plaza del Espolón, donde se solapan en vertical las rayas de los pasos de cebra, la discontinua del carril bici y el trozo de acera que resta hasta la calzada circular, que es el desdén; qué verían los inspectores que vinieron a levantar acta de ese monumento a la movilidad que alzaron concejales legos por los márgenes de la Avenida de Peregrinos, con una autopista que vino a diezmar el único paseo amplio y holgado del León moderno, construido casi al cambio de siglo con los fundamentos arquitectónicos de las ciudades señuelo de la modernidad. Por esa obra y gracia se montan embalses a las primeras lluvias, y nudos en las gargantas de los ciclistas que se atreven por esa maraña tranviaria que sortean automovilistas perdidos sin el ángulo de visión que les quitan contenedores o coches mal aparcados. Habrá que ver si el que decidió la chapuza se hace responsable civil de la primera desgracia que surja de esas arterias atestadas de colesterol y desatino. Si con ese plan la metrópoli superó con solvencia los cuartos de final de la champions europea de la movilidad, también parece comprensible que una ciudad se titule protectora de la infancia mientras deja que cientos de escolares se jueguen la integridad física de cintura para abajo cuando acuden al colegio cada mañana por calles peatonales donde el frío, los coches y las esquinas con hedor pestilente a salitre y orín —por este orden— obligan a despertar al personal. Son paradojas que lejos de tener arreglo en las agendas de promesas empeoran con el paso de los mandatos y la transición de las dinastías. Hay afecciones que por muy superficiales que parezcan están prendidas de causas sistémicas, cronificadas. Hacen caminar a los mortales a dos compases; la cadencia repetida termina por abrir una brecha que resultará imposible restañar. Dos normas, dos reglamentos, dos leyes; prebendas y damnificados; desproporciones; un conjunto asimétrico que trata de huir hacia donde menos le hostigan.