AQUÍ TE ESPERO
Segunda madre
Las desgracias nunca vienen solas, le decía a mi hija Eva para intentar que comprendiera cómo en apenas doce días se había quedado sin abuela y sin su segunda madre, como le decíamos.
En la noche del pasado martes falleció, tras meses de hospitalizaciones y cortas altas que, después de un trasplante largamente esperado, fueron minando poco a poco su salud; su pequeño cuerpo ya no soportó más medicaciones ni tratamientos nuevos, que no le dieron el resultado esperado.
Isabel Rodríguez Martínez —Mari, como a ella le gustaba— fue la segunda madre de mis hijas. No sólo les cuidó durante casi veinte años, dándoles la cena y acostándolas para suplir mi ausencia nocturna, sino que las quiso como una madre. Incluso fue ella quien me acompañó a la clínica cuando me puse de parto de la pequeña, a la que atendió desde el momento de nacer.
Yo pude trabajar tranquila tantos años sabiendo que ella atendía sus necesidades, escuchaba sus problemas, les alimentaba como si fueran sus propios hijos, les contaba algunas historias que recordaba de su Villager natal e incluso les enseñó a coser, que junto con la plancha, eran las labores domésticas que realizaba con un primor que ya no se estila.
Mari velaba su sueño, preocupada por los catarros o las subidas de fiebre propias de los niños. Sabía tranquilizarlas y tranquilizarme cuando había el más mínimo problema. Y esperaba paciente mi regreso de madrugada, sin importarle las habituales tardanzas, propiciadas por una noticia de última hora que obligaba a retrasar el cierre.
Fue una mujer sencilla, cariñosa y trabajadora. Su laboriosidad le hizo durante varios años simultanear sus labores domésticas y el cuidado de mis hijas con una pequeña mercería, en un alarde de estirar el tiempo.
Buena madre para Rosana y Víctor, ejerció igual con las mías, a las que quiso y por las que siempre se preocupó. La vida ha querido privarla de ejercer de abuela con el pequeño Martín, al que sólo conoció en fotografía y nunca pudo acunar en sus brazos. Más suerte tuvo su preciosa nieta Ángela, aunque ya los problemas de salud le impidieron disfrutar de ella como le hubiera gustado. Víctor y sus hijos supieron su calvario y estuvieron con ella hasta el final. Hasta que no pudo más. Aguantó lo indecible con su pequeño cuerpo y la muerte nos la arrebató con sólo 62 años. Descansa en paz.