Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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Y a era hora, caramba. Aquí en esta tierra los premios de la lotería solían pasar como de puntillas. Pues no esta vez. Y me alegro, aunque en mi propia casa haya pasado de largo. Fernández Flórez propuso en los años cincuenta que en fútbol puntuase también el «casi gol». Uno pediría ahora lo mismo a la autoridad competente: que el «casi me toca» también valiera. Después de todo, ¿qué diferencia hay entre un tres y un cuatro, entre un seis o un siete? Al parecer, mucha. En fin, un año más seguiré sin poder hacerme un chalé en la urbanización de Jennifer López. Pero no importa. En nuestra provincia han tocado muchos millones de las antiguas pesetas. ¡Qué bien! En esta vieja columna llevo años proclamando que no creo en la suerte sino en el milagro. Me gusta creer que lo inesperado ha cumplido su misteriosa misión de causas y efectos, sean los que sean. Me hace feliz que en Armunia haya tocado en una residencia de ancianos. O que entre los agraciados esté un colectivo de raza gitana que tuvieron que pagar a plazos sus décimos. El gordo ha terminado en siete, que es un número guapo por excelencia. Si fuese niño se llamaría Borja Mari. Según Wikipedia, en su primera línea: «Siete es el número natural que precede al seis y continúa al ocho». Hay que ver los que nos perdemos los de letras.

En cuanto a mí, proclamo lo mismo que otros años: «Ya me tocó con mi mujer la lotería». Y eso de que te toque varias veces, admitámoslo, sólo al señor Fabra. Por cierto, también me gustaría que les haya tocado un buen pellizco a esos funcionarios de prisiones a los que la mujer de Barcenas, Rosalía Iglesias, ha llamado «muertos de hambre», según leo en El Mundo . Y que estos brinden a la salud de la astorgana que al insultar levanta el meñique, cual marquesa de Leguineche.

Alegrarte de lo tuyo no tiene mucho mérito. Lo meritorio es alegrarse de lo bueno que le ocurre a los demás. Imaginarse que detrás de cada décimo premiado hay un inesperado final feliz, que lo que parecía imposible de solucionar ya no lo es. Doy por hecho que a todos a quienes no nos ha tocado deseamos que los agraciados hayan sido quienes más lo merecían. En definitiva, aquellos que, en efecto, más que suerte necesitaban un milagro.

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