TRIBUNA
La alegría del papa Francisco
S i la cara es expresión del alma, ciertamente en el papa Francisco es clara su alegría exterior habitual, y pensamos también su paz y alegría interior. Y además de manifestarla, es evidente que la transmite en su entorno. No es difícil encontrar la causa de esta permanente y contagiosa alegría, así como la paz que difunde, pero que también interpela, y de alguna manera compromete a quien le escucha. Para empezar, seguramente se puede afirmar —sin pretender canonizarle ya— que su cara es la propia aureola de la verdad, la alegría y el cariño, que van derrochando los santos.
Algunos antecesores suyos así lo vivieron y transmitieron, y así lo percibimos quienes les conocimos durante años; y Francisco seguramente lo percibió, y lo aprendió, con más profundidad y grandeza, pues «la providencia no suele perder el tiempo». De todas las maneras, una primera reflexión, es el alegría y satisfacción, que todos los cristianos, y muchas gentes de buena voluntad, tenemos al ver al papa Francisco —colocado ya en la cima de los grandes líderes mundiales— al verle siguiendo los pasos de sus predecesores, con la misma alegría, entrega a su misión, amor a Dios, a la Iglesia y a los hombres, desviviéndose —sí, desviviéndose a sus 78 años— por servir a todos, derrochando alegría y generosidad. Los ejemplos serían interminables.
Además nos alegra y gratifica sobremanera ver a los papas que hemos conocido, también tan distintos en sus caracteres y temperamentos, en sus cualidades y preferencias, en sus gestos y modos de hablar, respondiendo cada uno «providencialmente» al momento y al entorno histórico y eclesial, con sus propias cualidades y limitaciones, con su historia previa y sus preocupaciones sociales, con sus gestos y carencias. Pero, al mismo tiempo nos embarga «cierto orgullo» por esa perfecta línea de continuidad —no podría ser de otro modo— en la doctrina, en la disciplina, en el amor a la Iglesia y a los hombres, en su inserción vital en la sociedad concreta que vivimos, con sus logros y miserias, con sus problemáticas y sus intentos de solución.
Y ahí está el papa Francisco, como lo estuvieron los demás, con su carácter de hombre bueno, de vecino deseado por todos, de persona cercana y amiga, que se interesa por tu familia y tu enfermedad, que te «echa la mano por encima» si nota que lo necesitas. ¿No es este el papa «providencial» para este momento histórico y eclesial, como lo fue Pío XII en el suyo, y San Juan XXIII con el Concilio Vaticano II en el momento concreto de la Historia de la Iglesia; y el beato Pablo VI, para enseñarnos a entender y aplicar el Concilio con su sabiduría, su prudencia y también su enorme sufrimiento?
¿Y qué decir del Magno san Juan Pablo II, primer papa eslavo, pontífice durante varias décadas, padre conciliar y luego responsable de llevar el Concilio a la práctica, y que se puso el mundo por montera y lo recorrió en repetidos viajes? Y en esa línea tenemos que colocar en un puesto muy elevado al papa Benedicto XVI. Hombre sabio, prudente, intelectual, humilde, que nos deja un Magisterio pontificio y filosófico digno de los grandes de la Historia Universal, y que además seguimos gozando de su presencia silenciosa, pero enormemente testimonial y beneficiosa para todos.
Contraponer los papas, o escoger en exclusividad algunos, es peligroso, además de equivocado teológicamente. Jesús, el Hijo de Dios, se encarnó en una naturaleza humana limitada y defectuosa, aunque en Él fuese perfecta; y realiza su salvación a través de personas, que siempre serán imperfectas; pero todas son dignas de salvación y de implicarse en la salvación. También los sacerdotes y los papas.
Gracias a Dios, todos tienen también defectos, pero ahí está también la grandeza y cercanía de Cristo que se hizo uno de nosotros. Los espiritualismos siempre fueron condenados por la Iglesia. La diversidad de los papas ha sido, sin duda, una gran riqueza de la Iglesia. Y ¡cómo no alegrarnos, y en cierto modo «enorgullecernos» de los papas que nos han dirigido en los últimos siglos!
Otra cosa será juzgar si los cristianos, al menos, hemos estado a la altura de las circunstancias con estos «líderes», sabios y santos, pastores e intelectuales, maestros y profetas de la verdad y del bien social. Tengo para mí, que es mayor el reconocimiento fuera que dentro de la Iglesia.
Pero volvamos al principio, a la alegría del papa Francisco. Era adviento y en la plaza del Vaticano miles de niños de Roma habían acudido, como es tradición en la Ciudad Eterna, para que el papa les bendijera sus figuritas del Niño Jesús, que colocarían luego en sus Nacimientos familiares. Después de bromear con los oyentes, y con los niños —como es bastante habitual— les lanza la frase-mensaje del día. Una sola, pero importantísima. Que han de repetir con él varias veces, pues les pide que la repitan, ya que a él se le ha olvidado (¿Qué gran pedagogo?). Dice el papa Francisco: «Queridos hermanos y hermanas, hijos queridos, queridos hijos, buenos días! Durante dos semanas, el adviento nos invita a la vigilancia espiritual para preparar el camino para el Señor que viene. Esta tercera liturgia dominical nos ofrece otra actitud interior para vivir con esta expectativa del Señor, que es la alegría. La alegría de Jesús, dice ese letrero: «Con Jesús es la alegría de la casa.» ¡Aquí, proponemos la alegría de Jesús! El corazón humano desea la alegría. Todos queremos la alegría, cada familia la desea, cada pueblo aspira a la felicidad. Pero, ¿qué es la alegría que el cristiano está llamado a vivir y ser testigo? Él está vivo, es el Resucitado, y trabaja en nosotros y entre nosotros, especialmente con la Palabra y los Sacramentos».