Diario de León
Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

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A rdoncino se resguarda de los vientos en una leve hondonada y reparte su menguado caserío a los lados de la carretera y a lo largo de un reguero, pero sin llegar a formar cruz, porque hacia el interior del Páramo enseguida aparece el repecho de una terraza de cascajo con chalés recientes. Aunque a primera vista lo parezca, Ardoncino no es un pueblo más. Por su postigo se accede al Páramo, la contraseña de Rulfo y el territorio de Celama. Siglos atrás, cobijó a los conversos de la judería leonesa, que prefirieron el descuido de este leve alejamiento al desgarro de la diáspora. Humildes cruces de madera delatan aún el sortilegio de los muros sospechosos. En una encrucijada de sus alrededores, cerca de la laguna del Rey, está el despoblado de Conforcos. No quedan vestigios porque el agricultor de esta tierra ingrata con los cultivos no perdona ni un palmo de baldío, así que menos iba a guardar la servidumbre de la memoria.

Las bodegas y casas tradicionales de Ardoncino, que fue el pueblo de mi abuelo paterno, han sido las más concurridas del país. Hace casi cien años, el arquitecto Gustavo Fernández Balbuena las dio a conocer, primero en una conferencia en el Ateneo y luego en la revista profesional de su gremio, mediante un trabajo que se ha convertido en luminoso abrevadero para los estudios de arquitectura popular. Lo ilustró con una docena de imágenes y varias plantas y alzados, cuyos cristales conserva el Ateneo de Madrid. Gustavo y su hermano Roberto protagonizaron la renovación arquitectónica española en su tránsito desde la retórica medieval al racionalismo. Gustavo era tres años mayor y murió trágica y prematuramente, al arrojarse al mar desde un barco frente a las costas mallorquinas de Andraitx, en 1931. Tenía 42 años y una trayectoria profesional deslumbrante.

En Ardoncino Gustavo construyó sobre un altozano su chalet familiar y diseñó los jardines de la finca, adaptados a la pendiente del cerro, pero prácticamente todo se malogró a raíz de la venta en 1942. Su hermano Roberto murió en el exilio mejicano, en 1966. Casado con la pintora Elvira Gascón, participó en el salvamento del Museo del Prado, evacuando sus cuadros en camiones a Ginebra, y las imágenes de aquel milagro las donó su hija a Cultura. La orfandad derivada del suicidio de su hermano lo alejó de la arquitectura para entregarlo a la fascinación del arte. Su obra mejicana transpira realismo mágico. Fue uno de los mejores amigos de Juan Rulfo, a quien acompañó durante años como fotógrafo en sus excursiones al campo. La confidencia de la viuda de Rulfo desvela la complicidad de Roberto en la catarsis de Pedro Páramo, un proceso fecundo de poda y encaje. La vitola de aquel título supone el mejor homenaje a la comarca.

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