CORNADA DE LOBO
Flores prohibidas
T alar un rosal sólo porque tenga espinas parece insensato.
Y el piropo es una rosa cuyas espinas sólo dependen de lo capullo que sea el que lo lanza.
Sin embargo, Ángeles Carmona, directora del Observatorio Contra la Violencia de Género del Consejo General del Poder Judicial ha declarado que los piropos tienen que erradicarse de los hábitos sociales de este país (tan cantor de la mujer retrechera) porque son una clara invasión de la intimidad femenina. Tiene toda su razón. Y no excluyó de esta erradicación los piropos con halago, los guapos, los versículos de ingenio lírico que exaltan las virtudes o las gracias femeninas. Ni esos. También invaden o degradan el respeto que se debe a la mujer. Vaya.
La confusión está servida, pues si una mujer se arregla y compone (tarea que puede exigirle horas y a veces un milagro)... si se tiró cuatro tardes para comprarse un trapo en que envolverse... si adorna su traza externa para eludir el drama de ser invisible y, finalmente, el silencio es la respuesta a tanto empeño sin que logre escuchar un ¡pero qué bien te sienta, qué guapa estás o arbolito bien plantado tengo yo en la ribera, la mujer de buen marido siempre parece soltera !... pues ya tenemos lío, mohín o vetealcuerno.
¿Cuántas veces un piropo elegante no le alegró el día o entablilló la moral quebrada a una mujer cuya autoestima muere hasta en su casa?... ¿se llegará un día a prohibir el piropo o aprobar una ley que lo tipifique de delito o acoso?... al tiempo... ¿y si el piropo es un madrigal que firma Lorca?... ¿proponer amorines o admiraciones es una invasión de la dignidad del otro?... aquí, como en todo —anotó Sócrates V.—, lo único a erradicar es el mal gusto, lo bruto, lo feo, pues si las palabras son canción y caricia, ¿quién dirá que vienen para agredir o invadir?... y ojo, que después de erradicar el piropo vendrá el prohibir las miradas, ya que dirán que las hay que desnudan... o que los ojos pueden tener manos... y hambre.
Por de pronto, un peluquero madrileño ha renunciado al finísimo piropo que cada Navidad le brindaba a un pibón del barrio al cruzar por su puerta: ¿Te puedo pedir pa Reyes... muñeca?