LA GAVETA
Si Gil y Carrasco...
S i don Enrique Gil y Carrasco volviera hoy al Bierzo, en este domingo de enero, en el comienzo del año de su segundo centenario; si viniera invitado para la ocasión solemne, lo haría en tren y se hospedaría en Ponferrada, la ciudad que siempre llevó en su corazón. Él ya conocía los trenes, el invento no le iba a deslumbrar tanto. Porque cuando aún no había ferrocarril en España, el escritor ya había viajado desde París a Ruán sobre los raíles prodigiosos. También por Bélgica, Holanda y Alemania. Eso sí, le habría sorprendido ahora el avance técnico del tren y sus comodidades. No era un convoy de 1845.
Don Enrique en Ponferrada sentiría un gran vértigo. Porque cuando él era vecino de la ciudad, cuando tenía padres y hermanos en la plaza del Ayuntamiento, solo vivían dos mil habitantes. En la margen derecha del Sil apenas había un pequeño arrabal en torno a la vieja iglesia de San Pedro. Ponferrada era, casi exclusivamente, el actual casco viejo y el barrio menestral de San Andrés.
Al salir de la estación el escritor tardaría en aclararse en medio del magma nuevo del barrio de la Puebla. Por sus calles rectas y concurridas, tendría que preguntar varias veces a los viandantes por el castillo y la basílica, hasta pisar la calle Real en su tramo más cercano al río, una zona que le resultaba muy remotamente conocida. Luego vería con pena el tono oscuro de las aguas del Sil, aunque no por ello dejaría de contemplarlo con amor y pertenencia.
Por el Rañadero, calle que transitó muchas veces en su adolescencia y juventud, alcanzaría la basílica de la Encina. Las mismas piedras que él vio de niño allí estaban, el mismo templo, el mismo olor a incienso. Y tal vez sentiría de nuevo el miedo infantil que le provocaba ver las imágenes dramáticas de la Pasión que hay en la zona oeste de la iglesia.
Correría hacia el castillo para sentir que todo era raíz y destino literario. Que pasado y presente, vida y sueño, se ajustaban en un solo latir. En una emoción sencilla, leonesa y universal. Porque don Enrique ya no era solo aquel muchacho romántico nacido en Villafranca, sino un español que había triunfado en el Madrid de las letras, un hombre que había viajado por la Europa más rica y que conoció Berlín, sus sabios y sus reyes. Pero no por ello dejaría de decirse a sí mismo, que Ponferrada estaba más hermosa que nunca y el castillo mejor incluso que cuando él lo conoció.
Agradecido, querría darles a sus paisanos algo nuevo con ocasión de la efemérides. Brindarles algo profundo, cosmopolita y muy berciano a la vez: unos versos. Y querría abrazarlos a todos, a los vivos y a los muertos. Porque a todos quiso y querrá don Enrique: todo lo del Bierzo para él era oro. Así lo escribió, y así lo sigue sintiendo. Desde la ardiente verdad de sus palabras. Desde donde nos contempla, aconseja y acompaña.