RÍO ARRIBA
Subsidios y miserias
E l Gobierno se ha despachado estos días con un paquete de ayudas a parados de larga duración y un Real Decreto que pretende establecer la cartera común de los servicios del sistema nacional de empleo. De la primera de las medidas se decía en una editorial de este periódico que era una «herramienta de publicidad política», habida cuenta de los engorrosos trámites y los requisitos que se exigían para acceder a ella, y en cuanto a la segunda poco se puede esperar cuando llevamos años viendo lo que las oficinas de empleo han dado de sí, entre otras cosas por su falta de recursos y el exceso de burocracia.
La raíz del problema, como siempre, se elude o se enmascara con políticas ineficientes y pomposas. Nos hallamos ante un modelo social que ha devastado millones de empleos, genera salarios en el umbral de la pobreza en buena parte de Europa y ha provocado una alta rotación de trabajos precarios y a tiempo parcial. No es menos cierto que, en otra vertiente, la que se deriva de su carácter digital y globalizado, están surgiendo nuevos perfiles profesionales, muchos de ellos altamente cualificados que, sin embargo, no van a reemplazar ni de lejos las ocupaciones destruidas hasta hoy. Hablando en plata: millones de personas en el mundo, por no contar con los respaldos educativos adecuados y carecer de ciertas competencias y habilidades congénitas (destrezas matemáticas o una elevada capacidad de razonamiento abstracto, por ejemplo), se verán abocadas al desempeño de trabajos miserables o, literalmente, a vivir condenadas a largos periodos de paro. Esto es lo que no se atreven a decir nuestros políticos y lo que dibuja un panorama apocalíptico en un futuro que no se sabe muy bien quién está diseñando. Frente a esta situación, ¿de qué sirven realmente los 426 euros o los «estudios de tendencias» (por favor, seamos serios) que van a realizar los técnicos de las oficinas de empleo? De bien poco. Hay que coger el toro por los cuernos y establecer ayudas suficientes y estables para personas que, probablemente, no volverán a encontrar un trabajo digno jamás y eso implica destinar recursos a resolver esa emergencia: a lo mejor, detrayéndolos de las obras faraónicas a las que nos tienen acostumbrados en este país (¿son necesarios tantos AVES en España? ¿será rentable alguna vez el aeropuerto y el palacio de congresos de León?), sin olvidar la gran asignatura pendiente de nuestra sociedad: un modelo educativo elaborado por expertos y pactado para algo más que una legislatura.