SEGURIDAD Y DERECHOS HUMANOS por ARTURO PEREIRA
Libertad y seguridad

T ras los atentados en Francia se ha producido un fuerte debate respecto de si la libertad debe primar sobre la seguridad o viceversa. No es un debate en absoluto nuevo, ni original. Sólo se debe leer a los autores clásicos y comprobar como la seguridad y la libertad unidas han ocupado gran parte de sus reflexiones.
Se puede afirmar que la libertad y la seguridad son dos partes que configuran un todo indisoluble. No pueden existir la una sin la otra. El motivo es que son innatas a la naturaleza humana, el ser humano necesita sentirse libre y seguro. La historia occidental demuestra como desde siempre se ha configurado por la liberación de ataduras a la libertad y a la vez ganar mayor seguridad.
Sin seguridad no se puede ejercer la libertad. La seguridad debe entenderse en sentido amplio, no sólo la seguridad física, sino la económica, la emocional y en definitiva todo aquello que nos permite afirmar que nuestras vidas discurren en un entorno seguro. De nada nos sirve que nuestra Constitución nos garantice la libertad deambulatoria si no tenemos dinero para viajar porque estamos al paro y no tenemos dinero ni para comer. O para expresarlo de manera más sutil, sin recursos económicos la posibilidad de llevar a la práctica nuestra libertad, incluso de pensamiento se revela como muy dificultosa o imposible.
A contrario sensu, donde no hay libertad y sí seguridad, los seres humanos se manifiestan en un estado de rebelión permanente. Los regímenes dictatoriales han buscado la seguridad del Estado anulando las libertades. Con el paso del tiempo y cíclicamente estos modelos políticos desaparecen.
Europa renunció hace años a invertir lo suficiente en su seguridad. Bajo el paraguas de la Otan cedió la iniciativa en gastos defensa y seguridad a los Estados Unidos. Mientras que se diseñó la Europa de las libertades, este proceso no se acompañó de medidas ideológicas ni económicas respecto de la seguridad.
La libertad tiene un precio. Primero de compromiso con la misma. La libertad no se regala. Es fácil comprobar tal afirmación, sólo hay que mirar como Occidente ha conseguido la libertad, imperfecta cierto, pero libertad que disfrutamos. El compromiso implica estar dispuestos a hacer todo lo necesario para defenderla. Segundo, requiere el mismo compromiso con la seguridad. En este caso, el compromiso supone dejar de lado pequeñeces que nos ocupan a diario y que de manera estéril debilitan nuestra seguridad entendida, insisto en sentido amplio.
Si alguna conclusión positiva se puede extraer del horror de los atentados de Francia es que la amenaza a nuestra libertad y seguridad no se dimensiona con un patrón local, o estatal, sino que abarca a todo Occidente. Deja fuera de juego a cuestiones tan irrelevantes como los nacionalismos, localismos o disputas por el idioma. El tipo de terrorismo yihadista nos ha igualado a todos bajo el principio de occidentales con todo lo que ello significa.
Occidente y en concreto Europa es la cuna de la libertad. Luchó por ella de forma fraticida en la Segunda Guerra Mundial y parece como si hubiera quedado al igual que un corredor de maratón desfondada. Ha tenido que aparecer el terrorismo yihadista para sacudir su conciencia y ver amenazada sus valores primarios para que el término de seguridad se haya vuelto a vulgarizar y ser tenido en cuenta.
Los yihadistas en cuanto a concienciación nos llevan ventaja. Ellos lo tienen claro. Están dispuestos a inmolarse por sus creencias. Mientras tanto, en Occidente relativizamos todos los valores y logros propios, además de flagelarnos con nuestros errores históricos.
Europa debe hacer frente a sus miedos y complejos frente a la amenaza del terror. Tiene para ello la capacidad económica, militar y legitimidad ideológica como depositaria de los valores democráticos que han inspirado los Estados de derecho. Ha costado siglos de lucha hacer efectivos los derechos humanos y no podemos ceder ni un palmo de terreno. Para ello necesitamos que la libertad se asiente firmemente en una sólida seguridad.