EN BLANCO
Tremiño
A unque no me cause delicia, ahí les va una noticia. Y mala, pues a pesar de las alharacas de un Gobierno que tiene más peligro que los bombones de guindilla, la cosa está jodida, dicho sea en castellano antiguo. Vivimos sumidos en un mar de calamidades, igual que el Titanic , como prueba el inminente cierre de la joyería Tremiño, establecimiento mítico desde que abrió sus puertas, en el número 6 de Ordoño, allá por el año 1960. La realidad nos electrocuta casi a diario, debido en este caso al conflicto de actualización de las rentas antiguas en los locales de negocio. Si este fuera un país normal, que no lo es, los leoneses lucharíamos a brazo partido por defender los comercios con encanto que hemos conocido desde siempre y que, de alguna manera, forman parte de nuestras vidas. Pero no; el templo se sigue hundiendo con todos sus filisteos, mientras que la respuesta de las gentes oscila entre la indignación y la indiferencia.
La calle de Ordoño II, el boulevard por antonomasia de León, se va despoblando de aquellos negocios de raigambre familiar que constituyen el mejor ejemplo de la forma tradicional de entender el comercio en nuestra ciudad. La apuesta por el buen gusto ha sido durante décadas santo y seña de Tremiño, cuyo escaparate de primeras firmas convirtió la joyería en un clásico entre los establecimientos del lujo y la ilusión. ¡Cuántos regalos de boda y obsequios entre enamorados ha despachado Carmen, una morena de tres pistones cuyo físico, a decir del siempre enamoradizo Pepín Muñiz, su más rendido admirador, recuerda al de Carmen de Mérimée! Ahora toca echar la trapa y regresar a los predios vallisoletanos, núcleo central de tan reputada firma. Todas las cosas bellas se nos van. Hasta la misma Carmen, que parafraseando a Bogart ante su posible destino, afirma: «Siempre nos quedará Valladolid». Pues qué bien.