Diario de León
Publicado por
José Manuel Diez Alonso. Licenciado en antropología social y cultural
León

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L a lectura de un artículo del antropólogo Gerd Baumann sobre las gramáticas de identidad y alteridad, es decir, sobre cómo construimos un «nosotros» con respecto a un «ellos», me ha hecho pensar en qué medida ese enfoque estructural serviría para explicar lo que llamo «la cuestión leonesa», y, al tiempo, aportar otro punto de vista sobre el conflictivo y a mi juicio inadecuado encaje autonómico de León.

Baumann denomina «gramáticas» a las estructuras clasificatorias socialmente compartidas que permiten atribuir a alguien la identidad o la alteridad. Y señala tres modelos extraídos de los estudios de antropólogos clásicos. Trataré de enunciar concisamente dos de esos modelos.

Basándose en el estudio de Louis Dumont sobre el sistema hindú de castas, Baumann extrae una operación formal de construcción de identidad por la vía de apropiarse de formas escogidas de otredad y la denomina «englobamiento», un sistema jerárquico mediante el cual un nivel superior subsume a un nivel inferior.

Otra de las formas de construir la identidad y la alteridad es la derivada del sistema de linajes segmentarios de los nuer del sur del Sudán, estudiado por el antropólogo Evans-Pritchard en 1940. Consistiría en una suerte de anarquía ordenada que determina identidades y alteridades en función del contexto. Así, los linajes diseminados por el territorio nuer se alían ocasionalmente entre sí para formar niveles superiores, hasta, si llega el caso, como durante la lucha contra la ocupación colonial británica, formar una identidad compartida en tanto que nuer. Lo interesante es cómo Baumann traslada este sistema de linajes segmentarios a la política occidental: «en un mundo de estos territoriales y centros de poder, lo más cerca que podemos llegar a estar de un sistema segmentario de este tipo, para identificar y excluir, es un sistema federal».

¿Pueden estas gramáticas ser útiles para comprender la cuestión leonesa? A mi modo de ver, en la construcción política e ideológica de la comunidad autónoma de Castilla y León se da un caso de englobamiento, apenas enmascarado por la conjunción copulativa. Recordemos que, durante el proceso preautonómico, el ente se bautizó como Castilla-León, y que sólo una enmienda, admitida para aplacar a los levantiscos leoneses, modificó la denominación. Ni la última reforma del Estatuto, con un preámbulo donde se habla con calculada ambigüedad retórica de «los territorios históricos que componían y dieron nombre a las antiguas coronas de León y Castilla» consigue maquillar la más terca y prosaica realidad institucional: «Nueve provincias, una Comunidad».

La gramática que determinó la formación de Castilla y León considera a León una parte de la Castilla norteña con centro en Valladolid. Es una ideología con antecedentes en los intereses de la burguesía agraria decimonónica, que preconizaba una suerte de «regionalismo sano», opuesto al catalán, tal y como Martín Villa justificó la decisión política de incluir a León en Castilla, pactada por UCD y PSOE y que hemos vuelto a leer hace días en la prensa: servir de contrapeso a los nacionalismos periféricos.

Castilla y León es un territorio simbólico y político donde los leoneses no acaban de ubicarse. En ocasiones escucho a personas de distintas edades vacilar a la hora de identificar a León cuando interpretan las noticias sobre el tiempo, empleando vagas expresiones como «aquí», «en esta Comunidad», «en el norte o en el oeste de Castilla y León». Si estoy en lo cierto y una buena parte de leoneses ubica con dificultad a León en ciertos contextos que trascienden lo meramente local, qué no sucederá, en éste y en otros ámbitos, cuando quienes pretendan identificar a León sean canarios o valencianos.

Pues bien, esa gramática del englobamiento, mediante la cual León y los leoneses somos parte de un universo castellano (también es fácil confundir a Castilla y León con Castilla-La Mancha, como le ha sucedido hace poco al Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas) es capaz de explicar un sinnúmero de acontecimientos cotidianos, desde la labor adoctrinadora de la Fundación Villalar hasta el aprovechamiento de las aguas del triste pantano de Riaño, pasando por la creación de marcas autonómicas institucionales que enmascaran la real procedencia de los alimentos.

Clasifica quien tiene el poder para hacerlo. En buena lógica democrática, con la perspectiva de un proceso constituyente o de una reforma constitucional, si los leoneses aspiran a tener voz propia, deberían demandarla con vigor.

Para que los problemas característicos de León puedan solucionarse de manera más satisfactoria, a los leoneses les conviene desembarazarse de una estructura territorial inadecuada, salir del englobamiento y acceder al mismo nivel clasificatorio de Galicia, Asturias o Extremadura. En otras palabras, rechazar la condición periférica a la que nos condena la actual comunidad autónoma y hacer de León un país posible.

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