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Venancio Iglesias Martín Catedrático de literatura
León

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D on Nadie es nadie hasta que un día empieza a opinar. ¡Curioso! Don Nadie cree en la originalidad de sus propias opiniones que, sin embargo, están en el ambiente como tópicos de la conversación, y las sostiene con terquedad. Incapaz de crear otras por sí mismo, acepta el regalo que procede de lo que Sartre llama «charlería» y que nosotros podíamos traducir a nuestro gusto como «opinión pública».

Son los Media quienes regalan esa opinión a troche y moche. Cadenas de radio y televisión difunden ese discurso vacuo y se dan a sí mismas el indecente nombre de  creadores de opinión . Don Nadie es una esponja en lo que a opinión pública se refiere. Absorbe opiniones contradictorias, defiende hoy lo que ayer aseguraba que repugnaba a su inteligencia; mañana defenderá con testarudez la opinión que hoy rechaza y es amigo del latiguillo: «yo soy de la opinión de que».

Tiene además un argumento estúpido como la mayoría de los que usa:  cambiar de opinión es de sabios . Porque en el mundo de la opinión cambiar de opinión es de tontos o de sabios. El tonto cambia de opinión sin considerar que las dos valen tanto como ninguna y según sople el viento de la veleta y el sabio lo hace sopesando la solidez de la misma, por pequeñita que parezca. Pero él se colocará en el lado de los sabios. ¿Por qué no piensa en fundamentar racionalmente su opinión? Primero por pereza vicio compatible con el activismo. Luego, porque cree en ella (cuestión de fe), y la da por buena y sólida y ajustada a verdad y dogma por ser suya.

Poco a poco con el paso del tiempo, va consolidando un suelo de opiniones incoherentes, de tal modo que aquel que era «nadie» y llevaba una feliz vida apartada, desconocido de todos, ya es don Nadie lleno de «convicciones», incapaz de otra cosa que de hablar, como vulgarmente se dice,  por boca de ganso .  Desde ese momento don Nadie está capacitado para ser presidente, ministro o parlamentario, alcalde, concejal o jefe de sindicato o princesa del pueblo y, en general, capacitado para alcanzar los altos puestos de la política reservados precisamente a «don Nadie». Y no es posible quejarse porque Don Nadie ya no escucha otras opiniones y, a cualquiera que se digne pensar por sí mismo y con razón quejarse, le sacudirá un discurso hecho de lugares comunes que llama «políticamente incorrecto» pero es correcto como si lo hubiera escrito la Real Academia de la Lengua. Y lo que él mismo llama «el pueblo» se quedará embobado de lo bien que habla. Al fin y al cabo es el mejor representante de la opinión pública porque la opinión pública se nutre de opiniones oídas, incoherentes, poco contrastadas y en la mayoría de las ocasiones, alocadas.

Manipulación astuta. No hay canal de televisión o de radio que no tenga su tertulia. Cierto que también se llama tertulia a esos grupos de charlatanes donde se debaten cuestiones que se llaman de sociedad y del corazón. ¡Deprimente pensar que una gran parte de lo que se llama pueblo tiene esas conversaciones como pasto «intelectual» y que lo que se califica piadosamente como debilidad mental es llanamente analfabetismo funcional con amplificador del escenario y brillantez de plató; y todo ello con una idea desasosegante que sobrevuela esos espectáculos: la inutilidad de las aulas! ¡Deprimente!

Pero me refiero a tertulias con cierto empaque, donde se debaten asuntos más trascendentes. Es de sana democracia (¡Madre, qué palabra!) que cada cual defienda sus opiniones en público y que el contraste de opiniones sea una buena práctica «creadora de opinión». Pero todo tiene truco. La cadena, según sea su ideología, no vacilará en elegir contertulios muy preparados afines a sus posiciones políticas y... aquí está el truco, algún contertulio torpe con opiniones de poco peso, o bien agresivo con interrupciones adecuadas para que él mismo se descalifique, o bien que sea excesiva y visiblemente tendencioso con lo cual él mismo se descalificará y con él, el partido en que milita. Esto se repite y se repite. Y el tele-radioyente que frecuente la tertulia quedará ideologizado y llegará a ser un estupendo don Nadie que defenderá la opinión deseada creyendo sencillamente que es suya. Así juegan los Media que, como decía mi madre, son creadores de don Nadie, pariente del tío Ninguno.

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Convendría revisar el mecanismo mediático por el que se ha levantado a Podemos «al puesto que tengo allí» sacándo a sus líderes de una institución corrupta como es la Universidad... con unos doctores de dialéctica facilona marxista (de aquel entonces) que están en la EGB de la política.