LA SEMANA
Más sociedad civil ante la crisis de partidos

S ería un grave error pensar que la crisis de los partidos en España afecta solo al PP y al PSOE. Piensen en Convergencia i Unió en retroceso y necesitada de refundarse tras el fiasco Pujol. O en Izquierda Unida que desde el poderoso PCE de Santiago Carrillo ha sido la traslación a la política de lo que en física supone la desintegración del átomo. Y por ese camino han ido los demás, incluidos los recientes. El profesor Javier Pérez Royo lo explica brillantemente: «Cuando se desarbola el PSOE como partido de gobierno en 2010, es todo el sistema el que quiebra y, si el PP ha tardado más, es porque sus excelentes resultados de 2011 en municipales, autonómicas y generales han retrasado su crisis, pero el CIS la confirma». Y lo que pretende Podemos al criticar ferozmente al bipartidismo es simplemente sustituir a uno de los dos brazos de esa estabilidad, el PSOE. O sea que el denostado bipartidismo se acepta pero si es con nosotros. Observen a diario: el PP no le habla al PSOE sino a Podemos porque así los extremos se fortalecen; Pablo Iglesias dice que su adversario es el PP, una vez fagocitada Izquierda Unida, y Pedro Sánchez ignora a Podemos y subraya que su adversario real es la derecha del PP para escapar de la pinza. A por Sánchez van la pinza y algunos de los suyos, aunque siempre es así: «A Rajoy le movieron la silla dentro desde el minuto uno y ahí está», recuerda Arsenio Fernández Mesa, hoy director general de la Guardia Civil.
En esas circunstancias y con «un sistema de partidos que va a tardar más de una legislatura en recomponerse», según el articulo en El País de Javier Pérez Royo, la sociedad civil es la que tiene que decir algo si no quiere asistir impávida a un deterioro mayor de la situación. Y con un riesgo añadido: que se utilice su nombre en vano con evidentes intereses políticos.
El problema es que la sociedad civil es débil y tímida en España, aunque es cierto que hay ejemplos de líderes con valentía y coraje como el recién desaparecido José Manuel Lara Bosch, presidente de Planeta y de Atres Media. El fue el empresario catalán más decidido declarando su oposición a la independencia y explicando que en Cataluña había amigos suyos empresarios que racionalmente pensaban que la independencia era imposible pero que sentimentalmente la deseaban y la apoyaban. Unas cuantas docenas de personajes como Lara harían falta ahora mismo en España. Y con el compromiso de no utilizar una vez más la sociedad civil para labrarse un camino político a corto plazo. El ex ministro de Adolfo Suárez, Ignacio Camuñas, creó el Foro de la Sociedad Civil, una fundación a la que él mismo propuso, tiempo después, convertirse en opción política, según sus actuales responsables. La propuesta fue rechazada.
Lo que está pasando ahora mismo en España es una auténtica revolución y no solo del mapa electoral. La sociedad hierve y se aprecia en las conversaciones de los bares donde se habla de política como nunca desde la Transición. Hay tertulias y reuniones en casas particulares y una música de fondo con la eterna canción titulada «Hay que hacer algo».
Y sin duda algo se hará. Les podemos adelantar que está en marcha una asociación sin ánimo de lucro que aspira a articular todas esas aspiraciones y necesidades de expresión de la sociedad civil. Sin más pretensión que decir algo así como «aquí estamos y que nadie hable en nuestro nombre», «no vayamos a destruir ahora todo lo que hemos conseguido», «reformemos lo que haga falta pero no echemos a perder nuestros avances», «seamos capaces de refundar nuestra democracia pero sin hacer tabla rasa de nuestra historia desde la Transición», «exijamos pactos de Estado en asuntos clave como la Educación» y «combate decidido y sin cuartel contra la corrupción». Y, sobre todo, un deseo que «nadie se arrogue nuestra representación», se llame como se llame ese partido, nuevo o viejo.
La asignatura pendiente en España, sin duda, es la reacción, el levantamiento, el coraje eternamente aplazado, de la sociedad civil. Ahí está la pujanza de un país que no se resigna a ser espectador y perjudicado por una efervescencia política de la que poco se fía.