Diario de León

TRIBUNA

La «leyenda negra» dentro y fuera

Publicado por
José Luis Gavilanes Laso ESCRITOR
León

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D e puertas adentro, nuestra óptica hispana de ser y existir se empequeñece o magnifica según las circunstancias. Al lado de momentos históricos de «gusanismo» nacional (somos un país de pícaros, bárbaros, atrasados, soberbios y orgullosos), coexisten otros períodos exultantes, «faraónicos», donde a menudo las falaces fanfarrias oficiales proclaman al viento que en lo positivo no hay pueblo o «raza» que nos iguale. Estos maximalismos de signo contradictorio conllevan a no saber perder ni tampoco a saber ganar. Si perdemos, odiamos al vencedor y hacemos todo lo posible por arrebatarle los laureles. Pero si ganamos, ¡ay si ganamos!, no hay quien nos soporte, porque falseamos la dimensión de la victoria en la expresión ampulosa del triunfalismo. Nuestra jactancia y suficiencia pueden alcanzar entonces cotas estratosféricas, incluso metafísicas.

De puertas afuera, sobre nuestro ser y existir traigo a colación un texto cuya publicación acaba de cumplir su cien aniversario y todo español debiera conocer. En junio de 1913, la revista La Ilustración Española y Americana convocaba un concurso sobre un estudio histórico que descubriese, analizase o esclareciese alguna gloria o merecimiento de España; o bien refutase o destruyese algún error extendido contra ella. El jurado otorgó el premio a Julián Juderías y Loyot (1877-1918), un joven polifacético y políglota intérprete del Ministerio de Estado y autor del libro La leyenda negra , publicado en 5 entregas por la misma revista entre enero y febrero de 1914. Una segunda edición muy ampliada la realizó el autor tres años después (uno antes de que la mortífera «gripe española» precipitase su cuerpo a la sepultura), que es la que ahora acaba de reeditar La Esfera de los Libros. Se trata del primer estudio serio y sistemático sobre la imagen de una nación, incidiendo, básicamente, en los aspectos negativos escritos sobre ella. Aunque Juderías no fue el inventor de la expresión «leyenda negra», antes lo habían hecho la Pardo Bazán y Blasco Ibáñez, sí fue el pionero en darle un contenido, definiéndola como un modo de propagar negativamente la imagen de España a través de la Historia.

El autor se propuso como objetivo estudiar desapasionadamente el origen, desarrollo, aspectos y verosimilitud de la imagen degradante de España y, al mismo tiempo, demostrar la injusticia de aplicarle el monopolio de caracteres políticos, religiosos y sociales que la deshonran o, por lo menos, la ponen en ridículo ante la faz del mundo.

Arranca el libro con discurso contundente : «Anda por el mundo, vestida con ropajes que se parecen a la verdad, una leyenda absurda y trágica que procede de reminiscencias de lo pasado y desdenes de lo presente, en virtud de la cual, querámoslo o no, los españoles tenemos que ser, individual y colectivamente, crueles e intolerantes, amigos de espectáculos bárbaros y enemigos de toda manifestación de cultura y de progreso. Esta leyenda nos hace un daño incalculable y constituye un obstáculo enorme para nuestro desenvolvimiento nacional, pues las naciones son como los individuos, y de su reputación viven, lo mismo que éstos.»

Juderías asienta que reconocer nuestros defectos es una virtud, pero admitir y dar por sentadas las crueldades que nos atribuyen a los españoles y creer que todo lo nuestro es malo, «es una necedad que solo cabe en cerebros perturbados por un pesimismo estéril y contraproducente y por una ciencia que no han podido digerir bien.»

Con estos principios, el autor se puso manos a la obra a sabiendas que su estudio no le granjearía las simpatías ni de las derechas ni de las de izquierdas. De los militantes de extrema derecha, por considerar su crítica como insuficiente, siendo la reivindicación nada entusiasta y exenta de panegírico. De los segundos espera que le llamen reaccionario y patriotero. Si así ocurriese, adelanta Juderías, se consolará pensando en que es difícil contentar a todos, y que el justo medio es siempre menos estimado que los extremos, sobre todo entre los españoles.

Le parece a Juderías que la apología o alabanza desmedida de lo propio juntamente con el desprecio de lo ajeno, es tan absurdo como el trato incierto, exagerado o manipulado propio de quienes nos vilipendian. No era admisible que se nos acusase de intolerancia y tiranía, cuando estos defectos y abusos fueron comunes a todos los pueblos. Por ejemplo, respecto a la Inquisición, el baldón más socorrido contra España y los españoles, Juderías se limita a constatar que fuimos un país intolerante y fanático en una época en que todos los pueblos de Europa eran intolerantes y fanáticos. Y no sólo eso, sino que tales defectos seguían cometiéndose en aquellos mismos días por los mismos acusadores. Para rebatirlo, la publicación de su libro no podía ser más oportuna. Hay que tener en cuenta a este respecto que, en los momentos que él escribe lo que escribe, los países de nuestros principales acusadores se hallaban enfrascados en una cruel contienda bélica sin precedentes en la historia, «guerra en la cual se destruyen con saña indescriptible las naciones que teníamos por más cultas». Ante eso, Juderías se pregunta retóricamente: «¿Qué menos podemos hacer los españoles, felizmente apartados de la lucha, que volver los ojos con legítimo orgullo hacia nuestro pasado, recordar el alto ejemplo que siempre dieron los hombres de nuestra raza en instantes apurados y solemnes?».

Apenas publicada la primera edición, en 1914, la Europa culta, civilizada y modélica comenzaba a sacrificar en trincheras inmundas a sus más jóvenes hijos. En la segunda edición, la Gran Guerra ya se había llevado por delante varios millones de víctimas. Como país neutral, España organiza en el Palacio de Oriente una Oficina de Pre-Cautivos para atender a desparecidos y prisioneros. Juderías prestó sus servicios en esa oficina ayudando a contestar la enorme correspondencia merced a su gran conocimiento en lenguas, pues dominaba nada menos que dieciséis idiomas. Pero como afirma Luis Español, en su artículo Cien años de la Leyenda Negra (La Aventura de la Historia, nº 195, pp. 74, 75), «Juderías no se hacía ilusiones, porque la devoción momentánea de muchos europeos por la persona de Alfonso XIII (organizador de la Oficina Pro-Cautivos y a quien dedica la segunda edición de su libro) durante la universal matanza difícilmente cambiarían las tornas de prejuicios seculares». Prejuicios antiespañoles que quizá donde menos hayan desaparecido, curiosa y paradójicamente, sea en la propia España. Sirva de ejemplo el uso de la bandera oficial del país, pluralmente balconada a raíz de éxitos deportivos internacionales; pero de singular presencia como símbolo de la derecha más recalcitrante en sus manifestaciones nacionales, y prácticamente ausente en las convocadas por la izquierda.

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