Diario de León
Publicado por
PEDRO TRAPIELLO
León

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T engo, como todos, miles de fotos archivadas en mi tiruliru. Todos tenemos toneladas y toneladas de imágenes confiadas al guardián de internet en su gigantesca cripta. Y todos tendremos un atasque mental a la vuelta de la esquina ante la colosal escombrera de archivos digitales que vamos almacenando, a lo que hay que añadir la multitud mareante de vertiginosas tecnologías que salen a la venta cada día y dejan obsoletas las novedades a los diez minutos.

Haced copias de vuestras fotos, podrían perderse un día , alerta Vint Cerf, vicepresidente de Google y uno de los padres de internet. De hecho, dice, hay viejos archivos y disquetes que ya no se pueden leer con los actuales sistemas y chismes. Hay que hacer copias de todo, transportarlo y adaptarlo a los nuevos soportes, insiste. O sea, cada poco, mudanza... y a comprar nuevos soportes o perderemos la marcha del progreso. ¿Era eso?

Al leer el título de «Haced copias» pensé que hablaba de un soporte tradicional, papel, impresión con tinta, cosa gráfica y tangible (se sabe que eso dura miles de años, no es mal plan). Pero no, se ve que quieren vendernos nuevos cacharros, sistemas, soportes, adaptadores y todo eso... en fin, esa industria necesita que siga la marea.

Creí, pues, que se volvería al álbum, al cartapacio albo en el que se van empaginando fotos familiares con alguna anotación o fecha al pie para encajarlo después en un estante de la salita donde el apagón digital no alcanza y sólo robos o fuegos traerán peligro. Son esos viejos álbumes llenos de bodas y viajes con que se castiga a las visitas.

Volverán, me dije ingenuo. Vale, es divertido ir tabicanco la memoria con estampas y episodios familiares, pegar y despegar fotos según vayan los amores y tirrias. En realidad esto es más divertido que ese inagotable álbum de fotos que llevamos en el móvil, pues como alguien quiera enseñártelo, ahí no se puede saltar página, ahí te tragas todas las fotos aunque aceleres el dedo. Además, siempre son fotos canijas que te hacen perder los ojos, mientras que el álbum es un escaparate de tamaños y decoloraciones. Y el tiempo detenido ahí se lee de otra forma.

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