TRIBUNA
Mujeres y universidad: por amor al saber

E n torno a 1420, en Polonia, según relata Martín de Leibitz, abad de un Monasterio benedictino de Viena, una mujer asistió a la universidad durante dos años vestida de hombre y estuvo a punto de conseguir el grado en artes, pero fue descubierta y expulsada. Cuando le preguntó el juez porqué escondía su sexo respondió: «por amor al saber». En España destaca Beatriz Galindo, La Latina (1465-1535), preceptora de los hijos de los Reyes Católicos, que estudió Gramática en una de las instituciones dependientes de la Universidad de Salamanca, no en la propia Universidad que no aceptaba mujeres. Unos cuantos años después, en 1842, Concepción Arenal, también vestida de hombre, se convirtió en la primera mujer española que estudió y se licenció en la Universidad Central de Madrid. Arenal, de mente abierta y combativa, consiguió entonces un hito del que hoy todas las mujeres somos hoy deudoras. Su reivindicación femenina se puede ver en los libros: La mujer del porvenir, La educación de la mujer, El estado actual de la mujer en España, El trabajo de las mujeres, La mujer de su casa, y El servicio doméstico.
Un largo camino esperaba a las mujeres españolas, ya que tendrían que pasar 83 largos años hasta que la Real Orden de 8 de marzo de 1910 autorizase por primera vez el acceso oficial de las mujeres a todos los estamentos de la Universidad española. Hasta esa fecha sólo 36 mujeres habían conseguido licenciarse en España superando las barreras que suponía pedir autorización al Consejo de Ministros, ya que por la Real Orden de 11 de junio de 1888 disponía que las mujeres fueran admitidas solo como alumnas de enseñanza privada. Para conmemorar los cien años, ya largos, de la incorporación de pleno derecho de la mujer española a la Universidad un grupo de profesoras, coordinadas por Esther Giménez-Salinas Colomer, presidenta de la Comisión Mujer y Ciencia y Rectora de la Universidad Ramon Llull, han realizado una publicación que con el título: Doctas, doctoras y catedráticas: cien años de acceso de la mujer a la Universidad , rememora, reivindica y revisa la trayectoria femenina en la ciencia y el saber españolas.
En la actualidad, como alumnas y como docentes, las mujeres son mayoritarias en la Universidad española. Pero como ya he señalado en otras ocasiones (Diario de León 2/02/2014) esta aparente igualdad es engañosa: los puestos de gobierno en rectorados, vicerrectorados, cátedras, dirección de institutos y departamentos universitarios siguen siendo mayoritariamente masculinos. ¿Cuántas rectoras hay en las universidades españolas en proporción a los rectores? ¿Cuántas catedráticas sobre el total? ¿Cuántas doctoras Honoris Causa? De 75 universidades españolas sólo ocho tienen rectora, el 12% del total, pero además, excepto una (Málaga) todas las demás rectoras lo son de universidades privadas, en su mayor parte vinculadas a la Iglesia. En cuanto a las catedráticas, ocho de cada diez catedráticos con hombres, y también son mayoría los varones profesores titulares, no así las becarias y personal temporal. La distribución por sexos y por titulaciones hace que las mujeres sigan eligiendo carreras vinculadas a Artes, Humanidades y Ciencias sociales en general, mientras que los varones se decantan por Ingeniería, Arquitectura, Matemáticas, etc.
Es decir, las mujeres siguen vinculadas en la Universidad a titulaciones un poco utópicas, lejanas al poder y que permitan compatibilizar las tareas tradicionales del hogar con su trabajo, mientras que los hombres se decantan por estudios y por plazas de profesorado vinculadas a la cercanía al dinero y al poder. Por eso los puestos de dirección en temas educativos están ocupados mayoritariamente por hombres. Y sobre los Honoris Causa, abochorna afirmar que de 50 honrados con ese título por nuestra Universidad leonesa no hay ninguna mujer. ¿Hay o no techo de cristal para las mujeres en la Universidad?
Suelen aducirse varias causas para esta desigualdad en la Universidad entre hombres y mujeres: la dimensión diacrónica que lastra la plena igualdad por cuestiones basadas en la oscuridad de la historia sobre las mujeres; cuestiones esencialistas como las diferencias biológicas, o de socialización en las que las mujeres priorizan sus roles femeninos de maternidad; afirmar que con el tiempo esas diferencias terminaran desapareciendo por lo que aconsejan a las mujeres saber esperar; y, finalmente, cuestiones meritocráticas-científicas, que aferrándose a la neutralidad y objetividad de la ciencia, señalan que las mujeres producen menos y por ello ocupan un lugar inferior. Ninguna de las razones se sostiene: se confirma que históricamente se ha marginado a las mujeres universitarias (Pemán en 1949 atribuía a la mujer incapacidad para la abstracción, la racionalidad y falta de creatividad) pero eso no es motivo para seguir haciéndolo y menos para pedir que se espere que el tiempo lo arreglará; finalmente si a la mujer se le cierran las cátedras (colonizadas por los varones) donde mayormente dirigen las investigaciones, aunque las hagan los becarios, se le cercena también la visibilidad que éstas dan a los firmantes.
Está claro que se ha conseguido la igualdad legal, pero necesitamos también la igualdad real, ya que existen formas más sofisticadas de discriminación en la Universidad. La desigualdad de origen e histórica no puede legitimar la desigualdad en el ámbito universitario. Finalmente la Universidad no es ajena a la discriminación por sexo en la sociedad; es más bien un reflejo atenuado de la misma. Pero hay que tener en cuenta que el lugar que ocupen las mujeres en una Universidad es un fiel indicador de la excelencia de la misma. En el fondo las mujeres en la Universidad son un competidor que infunde miedo y es que, como señalaba Simone de Beauvoir: «El problema de las mujeres siempre ha sido un problema de hombres».