TRIBUNA
La colmena
H ace unos días, tomando café con Enrique Mendoza, un amigo y compañero que además, de vez en cuando, publica algún que otro artículo en esta sección del Diario de León, los derroteros de la conversación nos llevaron a iniciar una disertación sobre la libertad. Es una conversación que quedó inconclusa y que Enrique y yo, creo que nos quedamos con las ganas de haber podido continuar durante horas.
Esa misma tarde, curioseando por la Red di con un foro de apicultores dónde hablaban de sus cosas, que si hay que inscribirse en el registro sanitario para poder vender, que si la higiene y la limpieza son muy importantes, que si el apicultor siguiera el ejemplo de las abejas no sería necesaria sanidad… y de repente uno de ellos dice: «Si los españoles fuéramos abejas, nuestra colmena dejaría mucho que desear». Esta frase me resultó de una precisión descriptiva abrumadora e hizo que durante un rato me sumergiera en una serie de reflexiones que pretendo transmitirles.
Pensarán que una colmena de abejas y la libertad no tienen mucho que ver, pero sí están relacionadas. Durante la crisis, y en estos momentos en los que vivimos, en los que nos cuentan y parece que los datos económicos algo lo avalan, que salimos de ella; los ciudadanos hemos estado ciscándonos en las familias, y en especial en las madres, de todos nuestros dirigentes por sus gestiones al frente de los distintos gobiernos, por los recortes, por la disminución de nuestra comodidad o incluso por la pérdida de nuestros medios más elementales de vida. Pero un país no son sus políticos sino que, quizá, los políticos son el vivo reflejo de la sociedad. No me refiero solo a que, los ciudadanos, las personas que componemos un estado, ponemos a través del voto a unas determinadas personas o a unos determinados partidos, con sus ideas más o menos cuerdas al frente de la nación, que también. Me refiero a que la sociedad, y lo que en ella pasa, depende de la suma de los esfuerzos y actitudes de sus miembros, como en una colmena de abejas, y que además y a diferencia de nuestras amigas, en nuestro modo de actuar y en nuestra forma de entender las cosas necesitamos poder hacerlo con libertad. Si la sociedad es torticera tendremos políticos injustos, si en la sociedad abunda la «pillería» tendremos gobernantes corruptos y si somos una sociedad incívica, entre nuestros dirigentes abundarán los insultos y las descalificaciones.
Hablando exclusivamente de la libertad devenía mi charla con Enrique. Yo le hablaba de la época de la post adolescencia, en la que me preocupaba el problema de estar de entrada condicionados por el lugar dónde nacemos, las normas sociales que nos empujan a una forma de vida concreta y los límites que las leyes y la propia convivencia en un determinado entorno nos ponen, me daba cuenta de que eso era la primera gran traba que tenemos a la hora de sentirnos libres. Luego, obviamente, entendemos que la libertad individual la tenemos que limitar para que esto no sea un cachondeo en que cada cual haga lo que se le ponga donde ustedes ya saben y, con la edad además, nos volvemos dóciles y conformistas y ni pensamos en ello.
He llegado a la conclusión, fuera de estas diatribas de juventud pasada, que el ejercicio de la libertad dentro de nuestra cultura se consigue precisamente con eso, con cultura, con el haber adquirido las suficientes enseñanzas y el suficiente conocimiento para, cada uno en su ámbito, poder tomar decisiones teniendo en cuenta las alternativas y sus consecuencias.
Ahora que están cerca las elecciones, municipales, autonómicas y nacionales; todas en este año; y que vamos a tener la posibilidad de elegir nuevos gobiernos o quedarnos con los que tenemos, todos deberíamos reflexionar sobre si somos realmente capaces de optar libremente por una alternativa concreta. Si, después de leernos sus programas políticos, somos capaces de entender qué es lo que pensamos votar, y sobre todo prever o al menos intuir de un modo racional y consciente sus consecuencias, emitiremos un voto libre. (¡sí!, hay que leerlo, si lo tienen, si queremos saber realmente lo que hacemos con nuestro voto)
Las abejas no eligen a su reina, les viene impuesta. Nosotros sí elegimos a nuestros representantes y, por ello, somos todos responsables de lo que después ocurra. Los ciudadanos somos los que hacemos un país más o menos honrado, más o menos productivo, más o menos cívico o más o menos humano, no son nuestros políticos, ni unas determinadas ideas. Si un político roba, habrá que mandarlo a la cárcel, pero quizá las ideas a las que está adscrito sean buenas, y no por el corrupto tenemos que desdeñar esa alternativa; al contrario, a lo mejor, hay un político que nos parece honrado y capaz, y podemos ver en él a un tipo dechado de virtudes, pero su programa político puede resultar inconveniente o absurdo y no solo por su bondad o por ser el reflejo de nuestra indignación vamos a votarle.
Deseo, por encima de todo que, con nuestra propia responsabilidad, con nuestra actitud ante la vida y ante los demás, y ahora en este año de elecciones, con un voto informado, racional y consecuente, exento de pasiones, consigamos ser una colmena digna o, que al menos, no deje mucho que desear.