SEGURIDAD Y DERECHOS HUMANOS por ARTURO PEREIRA
Mendigo: amigo o enemigo

S e le atribuye a Nietzsche la frase lapidaria de: “Hay que suprimir a los mendigos: nos enoja darles, y nos enoja no darles”. Con este filósofo nunca se tiene la certeza de si de verdad pretendía ser tan contundente en sus afirmaciones como se pudiera deducir de las mismas.
Ciertamente ver a alguien pidiendo limosna produce una variedad de sensaciones que obligan a la reflexión. Pena, solidaridad, incomodidad, desdén, amargura y se podría seguir un buen rato hasta alcanzar un número de ellas bastante elevado. No obstante se debe hacer alguna precisión. Las percepciones y sensaciones instintivas sobre este asunto no son las mismas dependiendo de quien sea el mendigo. No es lo mismo que pida un niño pequeño a que lo haga un adulto con un aparente buen estado de salud. Tampoco es lo mismo que lo haga un hombre a que lo haga una mujer con un niño en brazos.
Sea como fuere, la mendicidad ha sido considerada por los distintos poderes públicos como un problema. Se han implementado distintas estrategias de afrontamieno para mitigar el impacto de la mendicidad en las ciudades. Estrategias que son comunes e internacionales. Generalmente se adoptan medidas no tolerantes o de mínima tolerancia. La prensa recoge iniciativas de distintos gobiernos municipales en el sentido de aprobar ordenanzas multando a aquellos que ejerzan la mendicidad.
El fenómeno de la mendicidad no es uniforme. Una primera clasificación y considero que es la más importante, es la que diferencia mendicidad individual originada para resumir, por la pobreza, de la mendicidad delictiva que tiene su origen en la explotación de personas. En el primer caso, asociada a un fracaso vital, alcoholismo o enfermedades mentales, debiera ser abordada con estrategias de integración social activas. En el segundo caso, al tratarse de personas que se ven forzadas a ejercer la mendicidad debe abordarse desde el punto de vista policial y judicial.
Son reiteradas las intervenciones policiales que relacionan la mendicidad con la esclavitud sexual de las mujeres, de la trata de personas sometidas a la tiranía de mafias que no dudan en utilizar bebés y todo lo que sea necesario para ejecutar las más variadas conductas delictivas a través de la mendicidad.
La mendicidad genera cierta inseguridad en nosotros. Quizás porque históricamente y en la literatura se asocia en muchas ocasiones, precisamente con la delincuencia o como se decía antiguamente con los bajos fondos. La picaresca siempre estuvo asociada a la mendicidad, sólo hay que leer a nuestros clásicos.
Los mendigos, a riesgo de ser sinceros con nosotros mismos, nos molestan. Volviendo al maestro Nietzsche afirmó que: “Si sólo se dieran limosnas por piedad, todos los mendigos hubieran muerto de hambre”. No era hombre que tuviera precisamente mucha fe en la raza humana pero quizás algo de razón no le faltara en este caso. Cuando damos limosna sentimos una cierta satisfacción por haber hecho algo bueno por alguien a quien en la mayoría de las ocasiones no conocemos. Lo hacemos, en términos de nuestro reputado filósofo por nosotros mismos, porque nos hace sentirnos superiores.
Sin llegar al razonamiento extremo de Nietzsche, en este asunto sí que se puede afirmar que la ambigüedad y rápido tránsito de unos sentimientos a otros hacia el mendigo, nos llevan a considerarlo en unas ocasiones en positivo y en otras en negativo. Se trata de un claroscuro de difícil delimitación. A veces lo vemos como un amigo y otras veces como un enemigo. Amigo o enemigo de nuestra conciencia, de nuestra seguridad, de nuestra prosperidad.
No nos engañemos, mendigos siempre hubo y habrá porque siempre ha habido ricos y pobres. Es la misma historia una y otra vez. Es obligación de los gobiernos y de las sociedades que sean los menos quienes se vean obligados a mendigar y es nuestra obligación, que aquellos que lo hacen por verdadera necesidad los consideremos dentro del campo claroscuro en positivo.