MARINERO DE RÍO
Rizar el rezo
E n aquel colegio de curas donde ya no queda ninguno —y al último que quedaba, montañés, desterráronlo al secarral pucelano, cosas de la Orden—, un circunspecto profe de religión había establecido curioso ritual: el delegado de clase debía apostarse a la puerta como si fuera un centinela, columbrando el pasillo, y cuando aparecía el páter al fondo con su paso largo y su gesto de cardenal avinagrado, entraba en clase a toda prisa, calculaba presto los minutos y justo cuando aquél franqueaba la puerta, cuadraba el pecho y voceaba la orden convenida: «¡En pie!». Después el abate pasaba lista y cada uno de nosotros, al oír el nombre, levantábamos el culo como si nos hubieran puesto una chincheta en el asiento y proclamábamos ligeros: «¡Servidor de usted!»
Me he acordado de aquellos momentos con motivo del regreso de los rezos a las clases de religión y del hecho de que éstas se hayan equiparado, en los centros donde son impartidas, con el resto de asignaturas científicas y humanísticas. Entendámonos. El estudio de las religiones, del fenómeno religioso, es uno de los más apasionantes que pueda haber. Los libros de Mircea Eliade resultan más deslumbrantes y enriquecedores que cualquier novela, y el hecho innegable de que seamos o hayamos venido siendo homo religiosus da para mucho debate y reflexión. En ese sentido, la inclusión de la religión, de las religiones como fenómeno humano universal, dentro del currículo docente oficial, podría ser muy defendible. Lo otro... pues no.
Los espacios para la oración concreta (sea cristiana, musulmana o copta) vienen demarcados por el templo, la familia y la propia intimidad, como es lógico, porque el resto es otra cosa: doctrina y catequesis. Y la noticia de que las notas procedentes del adoctrinamiento vuelvan a computar junto a otras materias resulta cuando menos asombrosa y viene a acentuar esa tan inquietante involución social a la que asistimos. ¿Qué será lo próximo? ¿El retorno de aquella ‘Formación del espíritu nacional’?
Al menos nosotros nos desquitábamos y cuando el profe nos mandaban cantar «yo tengo un gozo en el alma», decíamos por lo bajini «yo tengo un gocho en la cuadra». Y luego saltábamos: «¡Grande!».