Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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M e piden que comente por escrito una de las ilustraciones que Gómez Domingo ha preparado sobre El señor de Bembibre. Acepto feliz, aunque los plazos de entrega me han exigido meter la espuela, para leerme en unas galopadas esta obra de Gil y Carrasco. Hay libros que uno deja en su biblioteca, a la espera de un momento que parece que no llega. Hasta que llega. ¿Tarde? Vale. Si me diesen un céntimo de euro por cada novela que debería haber leído y aún no lo he hecho, en estos momentos mi fortuna me permitiría alternar con Paris Hilton, aunque dudo que nuestra conversación girase sobre literatura. Estoy disfrutando mucho con su prosa romántica. Siempre que leo novela histórica me pregunto si me hubiese gustado vivir en esos tiempos. Pues ni el siglo XIV (en el que transcurre la trama), ni en el XIX (que es cuando la obra fue escrita). No obstante, es una pena que hoy ya no hablemos en verso, más allá del «Manolo/dos con leche/ y uno solo». Ah, el Romanticismo. «De extraordinario perfil griego», nos es descrita Beatriz, la protagonista. Y sus movimientos: «garbo, majestad y decoro». Los autores románticos fueron unos virtuosos en piropear desde un andamio de palabras. Los realistas, en cambio, al cuerpo lo llamaron anatomía. No es lo mismo. Por cierto, cada vez que paso ante el castillo de Ponferrada me preguntó cómo conseguirían los templarios tener ese blanco madridista en sus capas. Un misterio para Cuarto Milenio.

El señor de Bembibre ha inspirado a Gómez Domingo maravillosas ilustraciones, que podrán verse pronto en el Museo de Ponferrada, en una exposición organizada con la Fundación Pedro Álvarez Osorio Conde de Lemos. Un homenaje con motivo del bicentenario del villafranquino. Será un exitazo.

Un clásico no te regaña si llegas tarde a sus páginas. Su condición es ya una garantía de que no te defraudará, ni siquiera si como en mi caso has de cabalgar veloz por sus capítulos, aunque bien agarradas las riendas y la mirada fija en el camino. Lo estoy leyendo en la edición de Ámbito, que cuenta con un esclarecedor prólogo de Ramón Carnicer. Hoy puedo parafrasear el verso de Manuel Machado, aunque se refiriese a otro jinete: «polvo, sudor y hierro/ el templario cabalga».

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