FUEGOAMIGO
Las Edades de Teresa
E l lunes se inaugura una nueva edición dúplice de las Edades del Hombre, con sedes en Ávila y Alba de Tormes. Esta vez dedicada a Santa Teresa, cuyo quinto centenario se cumple el sábado 28. La muestra arranca dos semanas después de que los reyes inauguraran la magna exposición de la Biblioteca Nacional, con piezas artísticas excepcionales aportadas por los grandes museos, y objetos procedentes de los conventos carmelitanos, como la arquilla donde guardaba las cartas o su breviario. En todo caso, Ávila y Alba de Tormes siempre merecen la cortesía de una visita. Santa Teresa nació veintidós años después de la expulsión de los judíos y murió dieciocho años antes del destierro de los moriscos. Así que su vida transcurre en un momento en que la sociedad española va clausurando horizontes, hasta sacrificar su diversidad cultural, religiosa y política ante el monolito de la verdad única. Y en esa tolvanera tan agitada se ve envuelta Teresa, descendiente de conversos: “generación de afrenta que nunca se acaba”, según lamentó Fray Luis de León, otro de los marcados.
Nada fue fácil en la vida de Teresa y quizá por esa capacidad para superar dificultades, que la santa mostró de forma resuelta, en sus siglos de memoria le llueven advocaciones profesionales y proclamas de patronazgo. Es verdad que algunas con rebrincos y enmienda, más o menos inmediata, debido al enconado rechazo de los sectores que sacude su forma de ser. Fue polémico el ascenso a los altares, hace cuatrocientos años, y aún más su declaración como patrona de España, trece años después. Pasado el tiempo, que todo lo disimula, le siguieron colgando medallas y distinciones de celebridad: doctora de la Iglesia en 1970, honor que por primera vez recae en una mujer, y patrona de los escritores españoles desde 1965.
Haciendo las concesiones precisas, supo sacar adelante su apuesta de vivencia religiosa interior en una España alborotada de ceremonias y rituales. Unas veces, con habilidad y disimulo; otras, echando mano del coraje para rechazar lo que consideraba intragable. A punto de estrenar el centenario, la invitación de sus textos se ofrece como la mejor contraseña para descifrar un universo que no es sólo devocional. El riquísimo epistolario o el relato de sus fundaciones realzan su celebración de lo cotidiano con un estilo de apariencia coloquial pero sacudido por la tensión de lo indecible. Fue una mujer hermosa, que de joven se aficionó a los libros de caballerías y siempre mantuvo el interés por la lectura. En su reforma, vedó el acceso a las monjas analfabetas. A su condición de mujer achacaba las limitaciones en su formación humanística, pero fue siempre amiga de letrados y tuvo el respaldo de Fray Luis y de los jesuitas.