Diario de León
Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

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H abía leído tantos artículos de opinión contra Valladolid, contra Pucela, y hasta contra el Pisuerga, que volví a pisar sus calles nuevamente con un cierto temor, no lo niego. Con un nerviosismo de occidental que se adentra en la Meca, convenientemente disfrazado de musulmán, por supuesto. Me disfracé de vallisoletano para poder ser aceptado en esa ciudad remota y enemiga que, para determinados estados leoneses de opinión —o de obsesión— es Valladolid. Juro que temblaba por sus calles, que creí que en cualquier momento iba a ser descubierto y, a partir de ahí, ser objeto de vejaciones mesuradas. Mesuradas porque el modo de ser castellano lo es. Por fortuna para los infieles del Sil y del Esla y de sus muchos afluentes.

Avanzaba con cautela por la ciudad minada. Bajo la memoria oscura de miles de folios leoneses que denuncian a las poderosas mafias políticas, administrativas y en general egoístas, de Valladolid. Sentí que iban conmigo todas las injusticias crueles que León padece desde la ciudad donde nació Felipe II, donde se casaron los Reyes Católicos y donde murió Cristóbal Colón.

Iban conmigo muchos fantasmas. El primero el que considera a León y Zamora (ya menos a Salamanca) como las únicas herederas del viejo reino de León, una tierra que abarcaba las actuales Galicia, Asturias, Extremadura y norte de Portugal. Mito leonés que gambetea la verdad. Como si Burgos y Cantabria se arrogaran para sí mismas la condición castellana en exclusiva, siendo el resto tierra advenediza y menor.

Iba con todo ese bagaje doliente por las calles de Valladolid. Y aunque me habría gustado, como leonés, que existiera una comunidad autónoma que se llamara León y que fuera desde Valdeón hasta Béjar, los hechos y las leyes se imponen y ese estatuto no existe. Como tampoco existen dos Andalucías, que bien justificado estaría: la del Guadalquivir, sevillana, olivarera y romana, y la del viejo Reino de Granada, morisca, montañosa y mediterránea. Si no hay dos Andalucías con estatuto legal diferenciado, no parece gran dislate que Castilla y León, unidas desde hace ochocientos años, compartan autonomía.

Una idea que, por otra parte, a mí no me apasiona. Pero en todo caso, es un placer grande caminar por Valladolid. Descubrir sus verdades del tiempo y la belleza. San Gregorio, San Pablo, la universidad, Santa María la Antigua, el palacio de Santa Cruz, San Benito, la plaza mayor, etcétera. Y sentir al poco que, incluso como berciano, uno está en casa. Bajo la cálida memoria de Miguel Delibes. O de la infancia de Francisco Umbral. En ese mundo borroso entre las dos provincias que sucede en la Tierra de Campos, tan vallisoletana como leonesa. Todo eso sentí en Valladolid y lo quiero cantar y contar. Eso sí, hoy sería maravilloso que la Deportiva ganara a los blanquivioletas en el Toralín. Pero esa es otra historia.

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