TRIBUNA
Urbanitas asilvestrados

T odos venimos de la madre tierra, y a la tierra volveremos, según nos han contado y siguen insistiendo en la advertencia los Miércoles de Ceniza: Memento homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris. Mas, algunos entes adelantan el calendario natural de vuelta, y anticipan el retorno regresando a su origen terroso con la presión que la sociedad les impone a tontos y a locas. Se trata de esa nueva tribu de amantes de la tan añorada paz, o emuladores y emuladoras de seres cresos, con muchos posibles. Quiero referirme a los urbanitas transfigurados en asilvestrados, después de trasladarse a las llamadas urbanizaciones de luxe en extramuros ciudadanos o, tal como dicen los ayuntamientos, «en el alfoz». Periferia y extrarradios pueden tener ciertas connotaciones peyorativas.
Santiago y Carmiña pudieran ser un buen ejemplo de la mencionada asilvestración. Él, prejubilado deprisa y corriendo, fue el promotor de la idea mediante subrepticias insinuaciones a su señora esposa. «Ahora que tenemos oportunidad disfrutar, podíamos pensar en la posibilidad de trasladarnos a una buena urbanización cercana. La paz que se respira es impagable; sin aglomeraciones, sin tráfico, sin los acompasados ruidos nocturnos de los vecinos del cuarto. Vivir en un chalé con jardín es otra cosa. Hace unos días por la tarde estuve viendo una a doce kilómetros, que era una preciosidad. Cómo sería, que vive allí Don Manfredo de los Ríos y Recue de Casallana Melgar. No te digo más. En cuanto al precio no hay problema. Me han dicho en el banco que nos darían una hipoteca del 110 por ciento de la tasación para tener un desahogo con los gastos. Además tenemos unos ahorrillos para la entrada. Podremos, incluso, cambiar de coche. Un chollo».
Reticente al principio, Carmiña cedió, después de visitar la urbanización y observar la paz que se respiraba en el lugar, con puertas automáticas de entrada. Solamente puso una pega: lo que con el tiempo se convertiría en césped, era un pedregal donde antaño se habían cultivado nabos. «De la hierba te encargas tú. Yo bastante tendré con los visillos».
Hicieron la operación de hipotecompra, viéndose obligados a gastar más de lo presupuestado. Al no poder pagar a un profesional, Santiago pidió muchos consejos e, ilusionado, puso manos a la obra después de que le llevaran tres camiones de tierra para tapar la parcela donde otrora se enseñoreaba la nabiza. Después la aplanó a pico, pala y azadón, rastrilló y sembró, al tiempo que crecían las yedras plantadas en los muretes. Al paso de meses y años, podaba, sulfataba, regaba, quitaba las malas hierbas, barría las hojas que desprendían las malditas yedras, escarificaba, segaba semanalmente, pasaba un pesado rodillo a la hierba, y hacía otros trabajos menores, como recorrer 12 kilómetros hasta la ciudad para comprar una alcayata del tres. Total 24 de ida y vuelta. Por su parte, Maruxa se pasaba la vida subida a unas precarias escaleras de mano colocando visillos en las innumerables ventanas, hasta que cayose rompiéndose la cadera. El dormitorio estaba en la segunda planta. Dormía en el sofá del salón, al lado de la entrada, rodeada de un amasijo de edredones y cojines.
«Oye, Santiago, lo de la paz era verdad. Demasiada. ¡Pero si es que no hablamos con nadie! A mí el pueblo no me gusta y los vecinos, mayormente, saludan poco». «Pues yo estoy de paz hasta los cojones. Hecho polvo. Y no veas que riñonadas. Me duele hasta el pelo», dijo él.
Vendieron el chalecito sin haber visto siquiera a Don Manfredo de los Rios y Recue de Casallana Melgar. Hoy viven felices en un pisito de noventa metros construidos, enclavado en una de las calles más ajetreadas de la ciudad. Dichosos. Disfrutando del tráfago urbanita y de los amigos.