Diario de León
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antonio papell
León

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H egel, autor de La fenomenología del Espíritu (1808), ubicado en los albores de la edad contemporánea, concebía la realidad como un dialéctica formada por opuestos que, en el conflicto inevitable, engendran síntesis que, en contacto con la realidad, entran siempre en contraposición con nuevas antítesis. Este esquema es el que permite explicar el cambio manteniendo la identidad de cada elemento, a pesar de que el conjunto haya cambiado

Con el mismo criterio, Marx analiza la realidad social y llega a la conclusión de que la lucha de clases es el motor de la historia. Igualmente, la dialéctica democrática moderna de los sistemas parlamentarios se basa en un antagonismo entre una opción progresista y otra conservadora, que se turnan en el gobierno, compiten entre sí, se complementan y sintetizan a menudo

La tensión democrática en nuestros regímenes se establece, en efecto, entre quienes quieren conservar el statu quo y quienes aspiran a modernizarlo; entre quienes ponen énfasis en la libertad y en el disfrute pleno de los derechos, y aquellos otros que se preocupan preferentemente por la seguridad y están dispuestos a sacrificar por ella parcelas de libertad; entre quienes creen que el mercado asigna mejor que nadie los recursos y quienes opinan que el Estado debe redistribuir la riqueza; entre quienes piensan que el individuo es el motor del progreso y quienes creen que el Estado —las instituciones en general— debe jugar un papel integrador y protector

Las palabras se han vuelto fuertemente polisémicas y describen mal las ideologías pero, sintéticamente, podría decirse que la política democrática posterior a la Segunda Guerra Mundial, que paulatinamente se ha liberado de las opciones totalitarias, no es más que un perpetuo debate entre dos vectores que podríamos denominar liberalconservadores y socialistas (o socialdemocrátas) respectivamente.

En Europa, el antagonismo es semejante al de Estados Unidos, aunque más mitigado: el estado de bienestar no está en discusión pero sí su magnitud y alcance. La presión fiscal sube y baja según gobiernen las izquierdas o las derechas. Las políticas migratorias de los conservadores son más duras que las de los progresistas.

Aznar rectificó algunas políticas de González aunque, sabiamente, reconoció los avances irreversibles que no se revisaron; y algo parecido sucedió al llegar Zapatero. Y después Rajoy aplicó terapias claramente liberales a la crisis, impuestas por Europa pero afines al ideario del PP.

Estos antagonismos no deben desaparecer. Por lo que no tiene sentido que se afirme que estamos al borde del fin del bipartidismo. Podrán cambiar los actores, si es que cambian, pero la política debe seguir siendo el desarrollo del antagonismo entre las inclinaciones liberal y socialdemócrata.

Con éstos o con otros nombres. Otra cosa no sería democracia.

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