Publicado por
alfonso garcía
León

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E l gran problema de la política española es que no tiene sentido de la historia, seguramente porque está llena de mediocridades, aplaudidores y de todos aquellos —hay muchísimos ejemplos— que la convierten o pretenden convertir en profesión, en forma de vida, incluso en sustento de notoriedad. Sus mecanismos lógicos de actuación, con la lógica siempre discutible de semejante actitud, no serán más que los de triunfar en un partido, acomodarse en él, a veces sin hacer ruido, o no mucho, depende, e iniciar el circuito de los cargos. Acomodo y sometimiento. Este espíritu cortoplacista siempre es un riesgo, pues suele carecer de perspectivas de futuro y renovación.

Viene todo este preámbulo a cuento de los famosos informes Pisa, análisis de rendimiento estudiantil, con pruebas estandarizadas y análisis meramente cuantitativos, que se llevan a cabo fundamentalmente en tres áreas: competencia de lectura, matemáticas y ciencias naturales. Lo que desde algunos sectores se entiende como dogma de fe, es posiblemente porque no se den cuenta de que tales informes son un apéndice de quien lo lleva a cabo, la Ocde (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico), que, lógicamente, enfoca los asuntos educativos según sus intereses. Y aquí llega el peligro, porque esto lleva a algunos ministerios a fomentar las áreas que son evaluadas en detrimento, pongamos por caso, de las humanidades, a las que recortan paulatinamente las alas. Y conduce a no pocos estamentos educativos a reducir la enseñanza a pura estadística, con la que presumir, o menos, de los logros alcanzados. Personalmente pienso que se trata de un desenfoque de bulto.

Entre otros ejemplos que circulan por nuestros ámbitos educativos en los últimos tiempos, detengo la mirada en dos. Por un lado, la asignatura optativa de Educación Financiera, que me parece un acierto. Lo es menos, creo, cuando su redacción y contenidos dependen de la CNMV (Comité Nacional del Mercado de Valores), en algunos casos con criterios muy interesados que harían sonrojar, al tratar de inocular sus intereses. ¿Se imaginan qué pasaría si la educación buco-dental dependiese de alguna marca concreta de dentífrico? Bien, pues la Conferencia Episcopal ha hecho lo mismo con el texto de Religión Católica.

Llegado a este punto, creo que hay una conclusión evidente. La educación española merece un tratamiento más serio y respetuoso, alejada de los vaivenes políticos como si fuera un muñeco de trapo y en permanente y contradictorio modelo. Cambia según cambien los gobiernos. Aquí está el desánimo. Necesitamos, entre otros, un gran Pacto de Educación, en que la convergencia haga también partícipes a los educadores en ejercicio, no solo a la pedagogía de salón. La credibilidad de la política pasa también, o sobre todo, por la generosidad de estas actitudes. Lo demás, papel mojado.

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