Diario de León
Publicado por
Alfredo Prada Presa. Diputado Nacional por León y Presidente de la Comisión de Justicia
León

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R esulta notorio que toda sociedad que se precie, ha ido articulando a lo largo de los siglos una serie de valores e idearios, unas costumbres, un modo de vida, pero también unas luces y unas sombras. Todo ello es el resultado de su propia evolución natural, de siglos de historia. En el caso de España, este hecho resulta ser todavía más evidente, puesto que la historia de nuestro país viene a ser una de las más amplias y fecundas del planeta en el que vivimos.

Cuando en 1492 el Almirante Cristóbal Colón, al servicio de los Reyes Católicos, descubría América se asistía a uno de los más extraordinarios sucesos de cuantos vinieron a acontecer hasta ese momento. Algunos incluso vinieron a afirmar que se trataba de «el más importante acontecimiento de la historia de la propia Humanidad, al margen de lo que vino a ser su propia creación». Pero por si ello no hubiese sido suficiente, ese mismo año se incorporaba a Castilla el último de los reinos taifas que todavía sobrevivían en la Península, el de Granada. Tras ello, atrás quedaban ocho siglos de dominación musulmana en tierras de España, de aquel territorio que los cronistas habían venido narrando desde el clásico «La pérdida de España», en donde se narraba la derrota de Guadalete y la caída del Reino Visigodo de Toledo, a la obra de Hernando del Pulgar, el gran cronista de los Reyes Católicos.

Pero también, desgraciadamente, a ese mismo año vino a corresponder el más que célebre Edicto de Granada, que venía a finiquitar una historia compartida entre cristianos y judíos, ya que a través del mismo los Reyes Católicos, a instancias del inquisidor Torquemada, se materializaban la expulsión de sus tierras a los españoles de religión judía. Sí, eran tan españoles como los mismos que firmaban su salida de unas tierras en las que habían vivido desde la propia existencia del Imperio Romano. Atrás quedarían ahora su añorada Sefarad, sus amigos cristianos y musulmanes, sus rezos en las sinagogas españolas, sus juderías, su historia compartida, por más que en ocasiones unos exacerbados cristianos usaran prácticas furibundas contra ellos. Estos judíos españoles, en cambio, nunca olvidaron a España. Se llevaron su lengua, se llevaron aquella cultura que habían aprendido de sus padres y de los padres de sus padres, siendo el recuerdo pero también las ganas de sobrevivir uno de los elementos más característicos de aquellos españoles de religión judía.

Mientras todo aquello acontecía, España se quedaba sin muchos de sus grandes eruditos, artesanos, médicos o geógrafos, a la par que comenzaba en el solar ibérico una nueva senda marcada por la persecución al cristiano nuevo, al converso de buena voluntad y al falso converso. Incluso en algunos lugares se prohibió al converso el convivir entre sus conciudadanos también cristianos. Se les prohibió el acceso a la universidad y a los gremios, se les prohibió ocupar cargos en la Administración Hispánica, se les prohibió todo lo que fuera compartir la magnífica experiencia de seguir participando en el diseño de España. Y así permanecerían hasta el siglo XIX, cuando la Constitución Española de 1869, finalmente, vino a permitir la libertad de cultos.

Pero hoy vivimos afortunadamente en un mundo diferente, con una Constitución que ha permitido dar cabida a todos en nuestra España del siglo XXI, en un mundo profundamente interdependiente y en donde la religión, al menos en nuestra sociedad occidental, forma parte del fuero interno de las personas y no del dogma a seguir por los que nos gobiernan. Atrás han quedado los dogmas obsoletos, los falsos mitos, las supercherías. Sobre esta magnífica base, a la hora de dar cobertura legal a esta nueva sociedad española, han sido numerosas las normas que los distintos gobiernos han ido creando o están en vías de hacerlo. Una de estas normas, de próxima entrada en vigor, será aquella que venga a otorgar la nacionalidad española a todos los descendientes de aquellos judíos españoles expulsados en el siglo XV, acabando con ello de manera definitiva aquella injusticia histórica. Son otros tiempos, otras mentalidades, otras formas de convivencia. Es el momento de respectar y ser respetado, de aceptar al prójimo y que éste nos acepte.

Efectivamente, cambiar algunas tradiciones inveteradas no siempre resulta una labor fácil, puesto que en ocasiones forman parte del segmento más intrínseco de las personas, pero no está de más intentar hacer comprender a todos que los tiempos han cambiado, que somos una España distinta.

Así lo vimos cuando la localidad burgalesa de Castrillo de Matajudíos modificaba su denominación pretérita por la de Castrillo Mota de Judíos, sin problema alguno. Algo similar proponemos que se plantease, ahora, con otra tradición existente en León, en el claro convencimiento de que se encuentra fuera de lugar en nuestra España. Se trata de una de las tradiciones paganas de la Semana Santa leonesa, que lleva a los fieles a disfrutar de una bebida confeccionada con vino, fruta, azúcar y canela. Hasta ahí todo perfecto, se trata de una bebida que en algunos sitios llaman limonada, sangría, etc., pero el caso es que en León llaman «matar judíos».

Es por eso que; acorde a los tiempos, acorde al respeto que debemos prestar a nuestros propios conciudadanos de religión judía o a los millones de judíos que habitan el planeta, de los cuales muchos de ellos nos visitan anualmente; proponemos un tiempo de reflexión, a través del cual encontrar una nueva denominación a esta bebida y desterrar de todo documento o folleto oficial esta clasificación.

Sin duda, si entre todos, logramos este objetivo, nuestra Semana Santa será más grande.

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