Diario de León
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antonio papell
León

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L a organización de Pablo Iglesias, que irrumpió brillantemente en el decaído panorama político español con un diagnóstico certero que le proporcionó un gran capital político en todas las encuestas, ha intentado mantener últimamente una escrupulosa transversalidad y para ello ha evitado cuidadosamente las definiciones ideológicas que podían generar rechazos. El propio Iglesias ha rechazado tácitamente el ideario con que el nuevo partido concurrió a las elecciones europeas y se ha definido «socialdemócrata» y partidario del modelo nórdico —del norte de Europa—, tan alejado por cierto del chavismo de origen. En Andalucía, ha presentado un programa electoral plano y ambiguo que no admitía extrapolación alguna al ámbito estatal.

Es legítimo, aunque a algunos nos pueda parecer inmoral, aprovechar la buena imagen, basada en unos cuantos estereotipos, para conseguir audiencia y votos, eludiendo las definiciones siempre comprometedoras. Pero no es posible ignorar los acontecimientos que discurren alrededor, y que deben ser valorados inexorablemente por los distintos actores políticos.

Los fundadores de Podemos han mantenido una intensa y bien retribuida relación con el régimen venezolano de Hugo Chávez, tanto de índole profesional como política, y son conocidos los elogios que los principales líderes del partido español han prodigado al sistema y al personaje. Pero sucede que el régimen venezolano se está degradando a ojos vista, y ha entrado en una fase delicada que incluye el encarcelamiento arbitrario de los adversarios políticos.

De momento, los europarlamentarios de Podemos han evitado alinearse con la mayoría de la cámara en la condena a las tropelías del régimen de Caracas contra sus opositores. Ahora, la cuestión se ha inflamado por la magnífica decisión del expresidente Felipe González de asumir la defensa de los dos principales opositores presos, Leopoldo López y Antonio Ledezma, que no son —ha aclarado FG— presos políticos sino políticos que están presos. González ya hizo algo parecido en el Chile de Pinochet en 1977, cuando acudió a Santiago a defender a Erich Schnake y Carlos Lazo, socialistas condenados por la dictadura a duras penas de prisión.

Ante esta coyuntura, Podemos no puede mantenerse al margen. Los electores tenemos derecho a saber si los jóvenes politólogos están o no con Felipe González en este acto humanitario de defender a las minorías políticas allá donde son reprimidas y sojuzgadas. Se agota el tiempo, y Pablo Iglesias tiene que dar una respuesta urgente al requerimiento.

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