Diario de León
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miguel paz cabanas
León

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I talo Calvino escribió una maravillosa novela titulada La jornada del escrutador donde, ambientada en la década de los cincuenta, describía una crónica electoral protagonizada por un grupo de monjas que, desde el Cottolengo de Turín (una especie de manicomio de caridad), se afanaban en ayudar a sus residentes para que ejerciesen el derecho de voto en una jornada larga y agotadora. Abnegadas y laboriosas, las hermanas metían en autobuses a los tarados para que votasen a la Democracia Cristiana.

Me he acordado estos días de esas monjitas de Calvino al escuchar, con asombro mayúsculo, esa grabación donde una delegada de Empleo del gobierno andaluz lanzaba una arenga a sus trabajadores para que, con el espíritu de los antiguos colonos, visitasen empresas subsidiadas por su partido para recordarles a quién tenían que votar. Entre medias les amenazaba con que, de no cumplir sus órdenes, se verían fulminantemente de patitas en la calle.

Uno sospechaba esas prácticas, qué vamos a decir, pero ser testigo acústico de las mismas (como cuando oyes a tu vecino lanzando ventosidades al otro lado del tabique), te produce un desasosiego tremendo. Piensas: «Dios mío en qué país vivo, estos andaluces no tienen remedio, cómo es posible tanta bajeza y tanta impunidad», pero luego te entra una especie de melancolía fúnebre y caes en la cuenta de que todo lo que nos sucede posee un signo siniestro e irremediable. ¿Qué otra cosa deducir si en esas tierras llevan treinta y tres años —la edad de Cristo, se dice pronto— dejándose pastorear por los mismos albarranes y mayorales? La montaña de buches agradecidos que debe haber desde Despeñaperros para abajo se insinúa tan monstruosa que allí, el que no vive del momio, es idiota seguro. El problema, claro, es que ese modelo de vida lo pagamos entre los demás y lo que causa turbación es que, así y todo, lucen unas cifras de analfabetismo funcional y desempleo escalofriantes. ¿A qué se han dedicado estos treinta y tantos años? ¿Es posible pensar que esa red clientelar y corrupta que una jueza de coraje inverosímil ha sacado a la luz, es solo la punta del iceberg?

En su novela, Italo Calvino posa su mirada sobre una monja que, a pesar de tanta infamia, realiza su trabajo recta y piadosamente, sin esperar a cambio ningún tipo de recompensa. Yo no sé si los andaluces necesitan un Diógenes que, lámpara en ristre, identifique a los últimos hombres de verdad, pero si no modifican su propio relato, su historia reciente, están abocados a convertirse en el hazmerreír de Europa. En todas partes se cuecen habas, pero magro consuelo es pensar que en el resto de España también se toca la pandereta mientras los corrales se llenan de moscones azules.

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