SEGURIDAD Y DERECHOS HUMANOS por ARTURO PEREIRA
Concepción Arenal

E n estos momentos en los que se acaba de aprobar una nueva reforma de nuestro Código Penal, no puedo menos que acordarme de una de las mujeres con más y mejor visión acerca del delito y del delincuente. Mayor mérito tiene doña Concepción Arenal si tenemos en cuenta que su doctrina chocó de frente con los postulados en materia penal de su época.
Esta ferrolana nacida en 1820 rompió todas las barreras sociales que le impedían expresar sus ideas. Se vistió de hombre para ir a la universidad, participaba en tertulias rodeada de hombres a los que hacía sentir el peso de su lógica y los escandalizaba con sus ideas de progreso social y justicia para todos.
Mujer de fuertes convicciones religiosas, se la puede considerar como la primera feminista española. Sin renunciar a sus principios, sino todo lo contrario, en base a ellos defendió el papel de la mujer en la sociedad como un activo. Mujer valiente que no dejó de criticar aquello que consideraba injusto o inútil. Denunció la precariedad de la vida de los obreros y fomentó la construcción de casas baratas para los mismos.
Pero, donde esta insigne mujer realizó una labor más radical fue con los delincuentes. Fue nombrada visitadora de prisiones, la primera mujer que alcanzó esta responsabilidad. Allí conoció de primera mano las miserias de los presos y las condiciones de las cárceles. Luchó contra todo ello, lo hizo siempre desde sus firmes creencias católicas. Nunca perdió la esperanza e intentó por todos los medios mejorar aquellas tristes condiciones de los que ella llamaba hermanos. Su obra principal en este campo, y que recomiendo encarecidamente a quienes estén interesados en un Derecho Penal humano y eficaz es: Cartas a los delincuentes. Toda su línea argumental viene determinada por establecer la dignidad del delincuente, por humanizarlo. Afirma que las reglas de la moral son aplicables también en las prisiones, que se pueden recuperar para la sociedad muchos delincuentes y de otros se puede conseguir al menos que no hagan mal.
Fue una visionaria, sin perder de vista la preeminencia de la víctima y su derecho de reparación, nos indicó el camino hacia una rehabilitación del delincuente como medio para la prevención del delito. El castigo para moralizar al delincuente debe convencer, fue otra de sus sentencias. Diferenció a los delincuentes en función de su delito rompiendo así el estigma del delincuente como un todo y marginado social.
Colocó la pobreza y las desgracias humanas como causas directas del delito. Desechó el escarnio como retribución de los crímenes sustituyéndolo por la compasión. Pero, también se dirigió a los presos de forma exigente. Primero, les pidió que se dejasen querer por la sociedad y en segundo lugar, que hicieran firmes y sinceros esfuerzos por no volver a delinquir.
Todo lo anterior podría sonar vacuo sino fuera por el hecho de que esta mujer sirvió como guía muchos años más tarde a corrientes doctrinales en el campo del Derecho Penal. Doctrinas que han conseguido implantar humanidad y caridad en las penas. Hoy no cabe la pena de muerte en muchos de los ordenamientos jurídicos del mundo.
También era consciente de que había presos a los que ella consideraba sordos al deber, a la compasión, gratitud y arrepentimiento. En este caso, no hay posibilidad de recuperarlos y la sociedad tiene el deber y derecho de protegerse frente a ellos con una legislación estricta que garantice la seguridad de los ciudadanos.
En fin, doña Concepción Arenal supo ver hace mucho tiempo, en el interior de los seres humanos lo mejor y lo peor de todos ellos. El delito denigra a quien lo comete y agravia a quien lo padece; esto es irreversible y no se puede dar marcha atrás. Pero sí se puede intentar paliar ambos efectos con un Derecho Penal más humano, lo que no significa menos eficaz.