TRIBUNA
Viejos heraldos
N unca supe la razón por la que los almendros fueron plantados precisamente en las viñas, ellos (o ellas, las almendrales, como se conocen en Cabrera) y esos melocotoneros silvestres nominados igualmente en Cabrera priesgales o priescales (cuyo fruto es priesgo y priesco, peruesco en zonas del Bierzo y présigo en otros sitios más fronteros con Galicia, donde el árbol es presegueiro).
En las tierras cabreiresas del curso bajo del Cabrera, cuando este se aboca al Sil corriendo por el valle definitivamente abierto, abundaban los almendros, mientras que en el resto, según se remonta ese curso hacia las tierras más altas y también acogidas a pliegues más apretados, tanto del valle general como de los laterales que en él confluyen, menos favorables por eso a los almendros, predominaban los priesgales y en menor número una variante de fruto más dulce, los paviales. A ellos me refiero aquí y, dicho sea de paso, siendo así que los árboles frutales más conocidos y corrientes tienen nombre dialectal femenino, es curioso que precisamente estos dos sean, con su género masculino, excepciones a la norma, junto con algún otro, como houmeiro (aliso) y también bedulo (abedul), que yo recuerde ahora. Pero el hecho es que tal matrimonio botánico exhibió su vínculo florido en dilatados siglos. No faltaron pruebas. Priesgales y paviales fueron testigos impotentes del desastre causado a finales del XIX por la filoxera que secó las vides a su alrededor. Pero fueron repuestas y la convivencia siguió con renovado esplendor hasta que otra epidemia, antes de cumplirse un siglo de la primera, se reveló definitiva. Aquella había atacado a las vides en masa, y esta, en forma de olvido y abandono, filoxera del alma, ha ido acabando con las viñas.
Era preciso utilizar el tiempo de los verbos en pasado. Compareció la muerte dirimente del vínculo feliz. Las viñas se pueden dar ya por desaparecidas en aquellas tierras más altas que decía y en el resto aceleran su retirada imparable. Ellos, los priesgales, ahí siguen, sin embargo, no importa que languidecientes, enviados de la primavera, adelantados, como los antiguos conquistadores, para tomar posesión así floridos de las tierras grises e incultas en nombre de ese suave monarca, pronto absoluto, del paisaje cabreirés, cuyos ojos parecen observarlos desde las cumbres aún nevadas que se asoman a los hondos valles. Sus florecitas blancas o suavemente rosadas parecen suspendidas del aire, sobrepuestas por tanto al fondo gris, viejos heraldos indefectibles señalando dónde estuvo el antiguo esplendor, que era el de las viñas, pero también el de los pueblos que agrupaban a quienes las cuidaban.
Es por cierto digno de todo encomio, y hasta podríamos añadir hoy que prueba de ponderado criterio dietético, el animoso afán por traer el vino a una economía de pura subsistencia como fue la cabreiresa. Lo es porque no eran estas las tierras para ello más adecuadas, sino todo lo contrario, tierras altas y laderas de vértigo y apenas soleadas frente a llanuras o declives más suaves. Se cuentan en el primer caso las plantadas entre novecientos y más de mil metros, o sea, casi todas las del municipio de Encinedo y también las de Silván, y en cuanto a la pendiente, todas las de Castrillo y la gran mayoría de Benuza, empezando por Llamas. Daban un producto suficiente y digno, si se atiende a las circunstancias dichas y también a las expectativas del personal. El vino clarete y ácido alegraba sobre todo las fiestas y celebraciones invernales, a la cabeza de las cuales estaba la matanza del cerdo, cuando la gente calentaba jarras de vino con miel y peras o manzanas. Podía llegar incluso a la siega de la yerba, pero de ahí no pasaba en general. Para la maja había que comprarlo en el Bierzo o Vidriales. Y después, una vez trasegado, un día claro de primavera obtenían el magnífico aguardiente por destilación en la llamada popularmente pota, la alquitara exquisita y mora.
Ahora los pueblos yacen en soledad, sus habitantes se fueron, las viñas ya no están, y sin embargo priesgales y paviales ahí siguen dando fe de vida: «Aquí estamos, como siempre, fieles a la cita con la primavera y los ojos ávidos de huellas y noticias felices». Aunque ligados a la suerte de las cepas, en realidad dependen de otros designios misteriosos.
«Las cosas naturales vuelven siempre», canta el verso de Unamuno sobre la vuelta de los vencejos, puntual como la de las hojas y la nieve, en ese poema en el que también decía magníficamente: «el año es una estrofa / del canto permanente». Ellos, pues, son esas bellas notas floridas, no importa que extraviadas, de una antigua melodía que vuelve siempre en primavera.