TRIBUNA
El mono desciende del hombre

M uy turbias aguas corren por las riberas del origen del hombre. A pesar de la Teoría de Charles Darwin en 1859, la comunidad científica no acaba de ponerse de acuerdo; nadie asegura a pies juntillas la hipótesis, por mucho que el naturalista inglés estudiara dos años Medicina en la Universidad de Edimburgo. Pero fracasó académicamente. Así que, hete aquí, se dedicó a recorrer varios continentes en busca de la verdad, sin hallar una versión concluyente y fiable del misterio, y todo quedó en aguas de borraja para el personal de a pie. Aún no se especulaba con el llamado Big Bang, conjetura iniciada en los años veintitantos del siglo XX. Recientemente, algunos jóvenes todavía creen que se trataba de una multinacional norteamericana de la hamburguesa low cost.
Y, el naturalista viajero estaba equivocado. Recientes sesudos estudios de varias universidades internacionales —y algún que otro particular interesado en la materia—, han llegado a la conclusión de que el hombre no desciende del mono, sino todo lo contrario. Al revés: el mono desciende del hombre. Ésa, de momento, es la verdad más aceptable.
En un principio, por las razones que fueren, el cosmos dio en crear seres vivientes con muy diferentes aspectos: unos, con formas de lo que hoy pudieran constituir las actuales plantas; otros, seres autopropulsados dotados de extremidades (dos o cuatro patas, alas, escamas reptadoras, etcétera, para simplificar). Dentro de este apartado contamos con el ser que en la actualidad denominamos hombre, con antecedentes en el australophitecus, pasando por el erectus, el neanderthal, el cromagnon, el sapiens y una larga relación de homínidos que no viene a cuento relatar. Los hombres, machos y hembras, poseían cuatro patas para poder escapar de los enemigos (ya entonces los había), y con el fin de mantener el equilibrio necesario. Asimismo, el cosmos, por vía del Hacedor, les proporcionó abundante pelo para librarles de las gélidas temperaturas de la era.
De tal suerte, fueron afortunados hasta que, como es habitual, comenzaron las desavenencias. A pesar de haber sido creados limpios de corazón, alegres, solidarios (incluso graciosos), miles de años después, una facción de la especie fue apartándose del resto. Se les fue cayendo la pelambrera, construyeron chozas de barro y madera, inventaron la política, se jerarquizaron, y el más alto y gordo de ellos se hizo con el poder. El resto, a los que dieron en llamar monos despectivamente, continuaron con su vida cotidiana: reían, reían mucho, palmoteaban, saltaban de liana en liana y daban saltos mortales mofándose de los barbilampiños disidentes; emitían gruñidos opinando que los familiares que ocultaban con hojas arbóreas la entrepierna, se habían vuelto locos. Aún, en la actualidad, los que fueron conminados en parques zoológicos, siguen descojonándose de risa al observar a sus parientes lejanos vestidos de colorines; les gritan entre risotada y risotada, palmean con los codos separados, pasando momentos en verdad gratos. Siguen siendo felices, aunque, a veces, los más maduros callan, pensando con pena en las modificaciones genéticas a través de mutaciones. Los jóvenes siguen a lo suyo, haciendo monerías y partiéndose los costillares de la risa, mientras perciben a los discrepantes pegar a la oreja un artilugio al que llaman móvil y escuchan sonidos ininteligibles. Y vuelta a reír.