Diario de León
Cristina Fanjul
León

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El patrimonio de León está para el homenaje. No se crean, que no es fácil acabar con veinte siglos de historia. Hay que ponerse muy concienzudo para lograrlo, que a veces la voluntad no basta, como en el amor. Es necesaria una cierta rutina en el desasistimiento, que solo así se consigue, por ejemplo, que el yacimiento de la Legio VII Gémina, la creada por Galba en su particular guerra contra Nerón, la que construyó la muralla de Adriano en Britania, la que participó en las guerras Dacias, esa que años después ‘se bajaba’ a los mauri, al moro, que parece que, al final, todo empieza y termina por acá, se haya convertido en un estercolero, trozeado para trasteros.

Pues sí, cuesta lo suyo acabar con todo eso, pero eso es precisamente en lo que han estado empeñados la mayoría de cuantos han pisado moqueta en Ordoño II. Ahí tienen la muralla, cosida por los cables, llenita de cicatrices, sus sillares ocupados por barracas, que más que el principal monumento de la época imperial parece el hogar de las favelas, el refugio de los slums, sus cubos ocupados y carcomidos, que en esta ciudad mandan los coches, la evolución, que dijo aquel alcalde que decidió cortar por lo sano para permitir que los dos ‘aigas’ que había en León por entonces pudieran pasar sin que la historia interfiriera.

La evolución... ya ven, que dice Silván que va a volver a poner a León en el lugar del que nunca debió salir, y viniendo de alguien que durante años ha hecho de la necesidad, virtud, que se ha tenido que hacer perdonar su lugar de nacimiento, vamos, que ser leonés en Valladolid es como apellidarse Montilla en Cataluña, que no los hay más nacionalistas que los maquetos, pues eso, que resulta algo inquietante...

Así que en León van cerrando empresas al tiempo que la ruina se come una de las pocas catas de riqueza que nos queda(ba)n. Es de agradecer que el largo tiempo de la eternidad que don Cuaresma nos ha regalado se haya acabado, pero tampoco es plan de que nos llegue don Carnal y nos prometa que con ilusión todo se puede conseguir, sobre todo porque esta es una provincia en la que la algarada nunca se ha entendido bien. Una cosa es la mueca y otra la sonrisa, y no conviene confundirlas. Está muy bien hablar de la ilusión, igual que está muy bien apostar a la carta del Santo Grial, pero piano, piano, no vaya a ser que un día de estos descubramos que Jesús era abstemio.

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