Diario de León

Publicado por
isidoro Álvarez Sacristán De la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación
León

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E s bastante común que un grupo de personas delante de una bandera de cualquier color y símbolos se dedique a reclamar no se sabe qué cosas en nombre del pueblo; y no es de extrañar que otro grupo más chillón se plante delante del Congreso de los Diputados para gritar que «no nos representan». Es decir que bajo cualquier bandera o ideología se clama en nombre del pueblo.

La Real Academia de la Lengua debería de revisar la definición de «pueblo», pues en varias acepciones introduce aspectos despectivos o peyorativos y únicamente tiene sentido la definición que dice: «conjunto de personas de un lugar, región o país». Para otras acepciones podemos usar la palabra masa, plebe, chusma, muchedumbre o la tan significativa que usaba Unamuno como la de «oclocracia» «una soberanía de las muchedumbres, y de las muchedumbres analfabetas, (…) esto es la analfabetocracia» (Glosas de la vida , 448).

La izquierda se apoyó —desde Marx y Engels— en el concepto y en la expresión de masas, más concretamente para referirse a «masa proletaria»; y hasta muy cerca en el tiempo —1972— el VIII Congreso del Partido Comunista de España, se refería al «auge del movimiento de masas». Pero al darse cuenta de que el concepto de pueblo estaba apoyado por la historia y por las constituciones se hacen dueño de tal expresión. Es cierto de ya en el mundo romano (Marco Tulio Cicerón) se definía al pueblo como «la asociación basada en el consentimiento del Derecho y en la comunidad de intereses». Este sentido pasa a las Siete Partidas bajo la expresión de que todos son pueblo como el «ayuntamiento de todos los hombre comunalmente».

Nuestra Carta Magna dedica al «pueblo», nada menos que su preámbulo, al decir que el Estado y el imperio de la ley es la expresión de la voluntad «popular» y más adelante que la soberanía reside en el «pueblo» español. Instaura así al pueblo como concepto jurídico, separando del vocerío sociológico a los que gritan en nombre del pueblo. De tal suerte que en puridad la única participación y las únicas voces que se pueden oír en nombre del pueblo son las que se oigan en las instituciones. Si bien es cierto que hoy mismo aparecen encuestas en las que no dejan en bien lugar a quienes son elegidos legalmente en nombre del pueblo. No hay cosa más triste que se constate sociológicamente que el 46% de los jóvenes desconfíen de la política, es decir que desconfíen de quienes representan al pueblo.

Pero una cosa es desconfiar de las decisiones políticas o administrativas y otra cosa es suplantar al pueblo. Y no otra cosa son las llamadas «Casas del Pueblo». Reuniones que nacieron en España —al igual que en otros países— al amparo de una ideología: la socialista. La primera en España fue la de Montijo (Badajoz ) a principios del siglo XIX. (La que recuerdo en León capital estaba en el lugar que ocupa ahora la Delegación de Trabajo y antes el diario Proa ). Estos centros eran lugar de reunión de trabajadores y sede el partido socialista. En aquella época se dedicaban a la atención socorrista o médica, a enseñar la idea cooperativista y, en fin, era un centro ideológico,

La existencia actual —superado el arcaico concepto de lucha de clases— no tiene sentido, pues deberían de llamarse «Casa del Socialista», ya que la única Casa del Pueblo de una ciudad es el Ayuntamiento, es decir, el lugar de todos, la casa de todos sin adhesión a un determinado grupo, una determinada profesión o una ideología , para que no tengamos que volver a decir con Pérez Galdós (Mendizábal , 521) «que sigan así las cosas, y pronto tendremos que no hay más que dos partidos: la camisa sucia y la camisa limpia»

Es en la sede del municipio —el Ayuntamiento como institución— en donde están representados todos los vecinos. Que, en definitiva, es lugar en que se ejerce la «ciudadanía»

Aparece así otro sujeto de derechos y deberes que ampara la Constitución. Estos son lo que verdaderamente pueden denominarse pueblo. Hemos de tener presente que no es nuevo y que por eso se llama a León la cuna del parlamentarismo, esto es, el lugar en que participan los ciudadanos (el pueblo).

El rey Alfonso dijo en el año 1188: «…estando celebrando curia en León con el arzobispo, obispos y magnates de mi reino y por los ‘ciudadanos’ elegidos por cada ciudad…». Ni dijo que eran súbditos ni que se diferenciaban por el pensamiento, de tal suerte que ya gozaba el pueblo del derecho de elección y participación. Volver el pueblo, a otra casa que no sea la que eligió para buen gobierno del municipio es una doble representación y una perversa eficacia. Se podrá llamar como se quiera pero menos «casa», pues el sentido familiar que la palabra conlleva podrá dejar sin cobijo al resto de los vecinos (pueblo) del municipio que no comulguen con las ideas socialistas.

Vuelvo al principio, Si cada grupo o colectividad clama en nombre del pueblo, es imposible que pueda ostentar un poder estable. Es cierto que corren unas teorías (Giovanni Sarton) desde las cuales se dice que debe de dejar algún poder al pueblo que no vote. Bueno, pues se volvería a la masa de las que decía Ortega que «las masas no quieren ser masas, cada miembro de ellas se cree personalidad directora, y resolviendo contra todo lo que sobresale, descarga sobre él su odio, su necedad, su envidia» (España invertebrada ). Solo se puede hablar en nombre del pueblo si éste se organiza de una forma democrática y representativa y delante de su propia bandera, de otra manera que no cuenten con la otra parte que también se siente pueblo.

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