RÍO ARRIBA
Asumir nuestros actos
E n cierta ocasión subí en Babia una montaña de poco más de dos mil metros con un puñado de amigos. Era una senda conocida, hacía un día soleado y en el pueblo estaban al tanto de la ruta que tomábamos. Como la montaña es como es, cuando coronamos la cima se vinieron a juntar dos tormentas y nos vimos obligados a bajar con más urgencia de la debida. Alguien provocó un leve desprendimiento y una roca enorme le pasó rozando la sien a una chica del grupo. Nos salvamos de la tragedia por un pelo.
De haberse desencadenado un accidente fatal, hubiese agradecido mucho que un equipo de expertos nos hubiera ayudado a descender. Quiero subrayar lo de «agradecido», que no es lo mismo que exigido. En caso de estar en el pueblo, yo también me hubiese prestado a echar una mano en lo que pudiese.
Viene esto al hilo de lo que ha sucedido recientemente en Marruecos. Trataré de explicarme de tal modo que ningún idiota estime que soy un insensible. Todos hubiésemos deseado, evidentemente, que el rescate hubiese tenido un desenlace feliz: que, a pesar de las tremendas dificultades que suponía llegar hasta los espeleólogos, los hubiesen evacuado con éxito. Tristemente, no ha ocurrido de esa manera. Como consecuencia, los familiares, que están en todo su derecho, piensan demandar al gobierno marroquí —al que alguien ha acusado nada menos que de asesinato— y, previsiblemente, al español. Llegados a este punto, he de decir que todo el dolor del mundo, desde mi respeto y mi modesta opinión, no justifica esa decisión. Quienes fueron allí estaban llevando a cabo un deporte de riesgo, en una zona de acceso muy complicado y en un país donde era razonable prever que no se dispondrían, en caso de un accidente como el acaecido, de los medios con que contamos en Europa. Ojalá hubiesen permitido la entrada de nuestros expertos, pero cabía la posibilidad, antes de emprender el viaje, de que no fuese así.
Es difícil asumir que nuestros actos poseen, a veces, consecuencias irreparables y que una parte de la culpa (no diré que toda) es exclusivamente nuestra. Creo que es una actitud propia de este siglo y especialmente de personas que viven en países prósperos y occidentales. Para una persona que vive en un lugar pobre y despiadado, arriesgar la vida por algo que no sea huir del hambre o el martirio, debe ser totalmente insólito: me gustaría saber, por ejemplo, qué preparación técnica y qué salario tenían los marroquíes que, a riesgo también de su vida, fueron enviados al Atlas. ¿Qué cabía exigirles o agradecerles? Debemos aceptar que nuestros códigos no tienen mucho que ver con los del resto del mundo y que la naturaleza, torva e imprevisible, siempre será ajena a nuestros deseos de dominarla.