Diario de León
Publicado por
alfonso garcía
León

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L os datos de la última encuesta de lectura del CIS, incluida en el barómetro del pasado diciembre, dice que el 35 % de la población española no lee «nunca o casi nunca». Las causas radican, según se indica, en la falta de interés, o de placer, de tiempo e incluso de salud. Familia, televisión e internet son los principales focos de entretenimiento de los españoles.

Descendiendo a los datos sobre el libro, soporte notable de la economía española cuyo alcance no se valora en su precisa dimensión, las ventas han descendido desde 2011 un 18%. Evidentemente, esto ha afectado a las librerías: 2014 ha supuesto el cierre de 914 —incidencia notable en las grandes y en las más antiguas—, aunque se han abierto como nuevas 226. Compensación, aunque desequilibrada. «Lugares llenos de secretos», dice de ellas José Mª Merino. Justo Navarro habla de «palacios de la memoria». No hablaremos hoy de las bondades de estos espacios en fechas tan cercanas al Día del Libro. Lo que sí está claro es que los libreros, como agentes culturales, forman parte de una profesión que ha de estar, está de hecho en permanente reinvención. Los libreros activos recurren a la imaginación para frenar la sangría de ventas: presentación de libros, cuentacuentos, actividades de animación a la lectura, obras de teatro, cortos cinematográficos…

Dicen los entendidos que en este contexto poco alentador, León sigue siendo un pequeño oasis, una excepción con notabilidad histórica, a pesar de estos versos clásicos: «Es León ciudad bravía, / que entre antiguas y modernas / tiene doscientas tabernas / y una sola librería». Ojalá hay muchas. Tabernas y librerías. No tienen por qué ser incompatibles. Yo las creo complementarias, fíjese. Es verdad que los últimos datos leoneses del mundo editorial alertan. Esperemos soluciones, con la conciencia clara, al parecer, de que el futuro se escribirá en el mundo editorial y librero con tamaños de mayor reducción. Dicen que por ahí soplan los vientos.

Esperando que no ocurra lo que en él se cuenta, les dejo, para acabar, un microrrelato de Álvaro Sobrino (revista Texturas, número 24, septiembre de 2014), que era la intención inicial de esta columna y casi se queda fuera. Sabroso.

«Pensó que abrir una librería-bar sería una buena idea.

Pronto se dio cuenta: un café le dejaba un doscientos por ciento de margen, una cerveza más del cien por cien. Sin molestas devoluciones.

Poco a poco fue quitando estanterías y mesas de novedades, para hacer sitio a otras mesas donde los supuestos lectores se reunían cada tarde.

Además, los pocos libros que quedaban ya no los atendía nadie: sustituyó a la becaria, licenciada en biblioteconomía, por un guapísimo camarero. Una vez le preguntaron si tenía Günter Grass, y contestó:

—Sólo tengo Beefeater, Seagram’s y Gordon’s».

Variaciones en sí bemol. O sea, tiene bemoles el asunto.

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