TRIBUNA
El acontecimiento (tras el reciente accidente de vuelo)

E n espera de próximas noticias todo apunta a que el suceso acaecido en el marco de los Alpes, parece corresponderse con el incómodo concepto del acontecimiento. Un joven del mundo de los vuelos, correcto, poco sociable pero sin locura o fanatismo ideológico a destacar, salvo que parecía estar en tratamiento psiquiátrico, algo por otra parte como mucha gente que desarrolla su labor sin sobresaltos, decidió aterrizar en pleno vuelo contra las montañas, segando en su última caída demasiadas vidas que aún mantenían la ilusión por existir. Nada lo explica de forma racional, y eso es lo más importante en este momento. A partir de esta sin razón todo el mundo se echa las manos a la cabeza sin llegar a comprender el motivo o la causa que determinó tal destino, a la vez que se anuncian nuevos antídotos para tratar de evitar actos tan inesperados como imprevisibles para la razón humana. Aunque está en juego tranquilizar a la población, sin embargo, no debemos dejarnos engañar. Todas estas medidas anunciadas ante la alarma suscitada, y que se irán ampliando aún más en los próximos días, se muestran tan oportunas como ineficaces y engañosas. Oportunas porque responden a la iniciativa, políticamente correcta, de disipar cualquier duda acerca del sistema, aportando tranquilidad una vez que se señala las supuestas causas o motivos; algo que, por otra parte, se me antoja imposible de conseguir.
Ahora bien, estas disposiciones son ineficaces porque no tienen en cuenta todo aquello que puede empujar o insistir, de modo imprevisible, más allá de la supuesta previsibilidad de la conciencia o la razón. Es decir, en ningún caso se tiene en cuenta la fragilidad del ser humano ante el destino, ni tampoco la vertiente más íntima e inesperada que puede palpitar en cada uno de nosotros. Fíjense que la comprensión y explicación a propósito de lo acaecido, siempre se escribe después de lo sucedido, tal y como hemos podido comprobar a lo largo de todos estos años en diferentes escenarios, careciendo además, de cualquier valor de predicción.
Luego el control o la mayor vigilancia para todo y todos, no es una buena vacuna para la población, ni tampoco ayuda para que ésta adopte una posición más madura ante la incertidumbre vital. Porque no hay test ni prueba objetiva alguna, ni tampoco entrevista suficientemente estructurada, capaz de pronosticar el devenir de la conducta de un sujeto, aunque reconozco que una escucha atenta pueda intuir ciertos rasgos, además de explicar, pasado el acontecimiento, los meandros y derivas por los que un sujeto se ha dejado capturar. Pero nada más. Algunos han querido ver en este grado de imprevisibilidad humana, de forma ingenua, la noción de libertad. Pero la lógica humana, como muchas otras cosas de esta vida, se rige en demasiadas ocasiones, aunque nos pese, por el azar, lo imprevisible o lo inesperado.
De ahí la veneración que el hombre siempre había otorgado a la diosa Fortuna como modo de agradecimiento por el hecho de existir. Luego no hay forma de evitar la sorpresa de todo aquello que denominamos acontecimiento, y que está regido por lo azaroso de la vida, incluido el comportamiento humano. De ahí que la capacidad racional se muestre impotente para predecir por qué tal suceso trágico aparece en este momento y no en otro, o de encontrar una auténtica explicación para lo sucedido. Por ejemplo, la temática acerca del suicidio, que es la pregunta esencial para los existencialistas, responde a este tipo de cuestiones tan inquietantes. Pero también el asesinato individual o en serie, en donde se pone en juego el goce de morir y el de matar, se deja influir por este tipo de impulso ciego. Algo que no debemos nunca olvidar. Si esto es así, entonces, la cuestión no es tanto, como comprenderán, si en la cabina deben ir dos o tres pilotos, o si en los aeropuertos deberemos de pasar múltiples test, baterías policiales, detectores de mentiras o exámenes de conciencia, para evitar posibles atentados. Todas estas maniobras «políticamente correctas», son fruto de la impotencia para cernir este tipo de acontecimientos que asaltan a la conciencia hipermoderna, y que podemos definir como atentados contra la razón, en donde se muestra la insuficiencia y la fragilidad en la que siempre nos encontramos. Pero así ha sido siempre y así lo será. Y si no piensen en una cuestión: ¿Cuántos asesinatos, accidentes o atentados han logrado ser verdaderamente prevenidos tras el despliegue incesante de nuevas medidas de seguridad?
Ahora bien, aceptar estos acontecimientos con cierta calma, sin perder por ello el sentido de la responsabilidad o la búsqueda de vías razonables pero no demagógicas o paternales, nos ayudará a ganar madurez a la vez que nos permitirá también afrontar con mayor serenidad el pasaje incierto, que supone nuestra existencia. No olvidemos que la presencia del acontecimiento es lo que mejor alumbra la imposibilidad humana.