TRIBUNA
Juventud sin futuro, sociedad fracasada

L a grave situación por la que atraviesan, hoy, la mayoría de los jóvenes, en nuestro país, es la expresión de una sociedad que ha fracasado, en su conjunto, en la apreciación de la realidad social y cultural. Una sociedad que margina a sus jóvenes, no tiene futuro, es como un huerto sin agua, se seca y se descompone. Esta es la sociedad materialista y consumista, donde domina una competitividad feroz e inhumana, y gobernada —en buena medida— por políticos incompetentes y corruptos, instruidos (que no educados) en esos principios del frío materialismo y del triunfo de lo puramente personal, en lugar del verdadero humanismo, de la solidaridad y la colaboración. No debe sorprender, pues, que los jóvenes de hoy se encuentren desorientados y consternados ante la situación a la que les ha llevado la sociedad de los adultos.
Setecientos mil jóvenes (la mayoría universitarios titulados y especializados) han abandonado nuestro país, en los últimos años, en busca de un puesto de trabajo. No puede haber mayor pérdida y mayor fracaso; el futuro —no lejano— lo acreditará cuando sea ya demasiado tarde. La responsabilidad de esta pérdida y este fracaso corresponde, ante todo, a los que gobiernan, aunque de alguna manera es también un fracaso de la sociedad entera. Este hecho reviste tal gravedad que no puede nunca quedar compensado por ningún otro resultado, ni siquiera el de la recuperación económica, y mucho menos si ésta es fruto de la mentira y la hipocresía, y está falsificada. Esos jóvenes se han ido del país precisamente porque el poder económico y político está en manos de los que solo piensan en su beneficio personal y partidista, no en el conjunto del país y en el bien de todos los ciudadanos.
Ninguna sociedad puede sobrevivir sin sus jóvenes, que son la fuerza vital, el alma y la esencia —y por eso, el futuro— de la propia sociedad. Asistimos a uno de los hechos más graves y tristes de la historia reciente de nuestro país: la pérdida de casi toda una generación de jóvenes. No es un hecho estadístico y frío, es un drama colectivo de consecuencias fatales e incalculables. Por mi profesión, como profesor de Secundaria, pasé cuatro años en Francia, a finales de los años ochenta, entre aquellos emigrantes sin cualificar de la clase obrera, que se vieron obligados a probar una vida mejor, en una España aún empobrecida. La emigración siempre ha sido un drama humano. Pero nadie podía pensar que, veinte años después, iba a comenzar una nueva emigración de españoles, también en busca de mejor fortuna; solo que, ahora, en una situación y unas condiciones muy diferentes. Por un lado, los que se ven obligados a emigrar, son jóvenes cualificados de nuestro país; y por otro, han tenido que tomar esta decisión, no debido a una España empobrecida, sino con recursos mal distribuidos, y a causa asimismo de una crisis falaz y gestionada, en todo momento, por las élites dominantes para enriquecerse ellas aún más y empobrecer a las clases media y baja.
Esta es, en síntesis, la crisis simulada y la situación a las que han llevado a esta sociedad —y particularmente a los más jóvenes— los que detentan el poder económico y político, los cuales ha salido siempre beneficiados; es decir, éstos no han sufrido crisis alguna, solo los más débiles la han padecido. La riqueza total —económica, social y cultural—, en los últimos tiempos, ha sido muy superior a la del posfranquismo, pero se simuló una crisis a nivel mundial para frenar ese avance y ese progreso experimentados por las clases medias, que ha tenido un efecto más destructor en nuestro país, debido principalmente a unos gobernantes incompetentes e irresponsables.
Esta crisis no ha estallado por casualidad, sino precisamente en un momento en que la humanidad está avanzando, por preceptos imponderables, hacia una integración y síntesis entre los pueblos, hacia una mayor igualdad de derechos y deberes de las personas, hacia un mundo sin fronteras, hacia un despertar sin precedentes en todos los órdenes. Por su parte, la élite mundial política y económica, deshumanizada y dominada por un intenso egoísmo, por el cinismo, la hipocresía, la corrupción, etc. (es decir, por la Magia Negra), se ha plantado para impedir esos avances y progresos sociales y culturales de la humanidad, inventándose una crisis mundial semejante a otros momentos del pasado siglo. Pero con una gran diferencia, esta vez la mayoría de los ciudadanos -como consecuencia de ese despertar general- ya no se dejan engañar por esos gobernantes cínicos e hipócritas, sino que están plantando cara, sobre todo los más jóvenes.
¿Por qué los más jóvenes? Porque ellos son los más afectados, los que exigen —con todo derecho— tener un futuro que se les ha negado. Por eso, se están organizando —con uno u otro signo, como corresponde a una sociedad plural— de una manera admirable y ejemplar (pese a los pequeños fallos, comprensibles, por otra parte), y se están preparando para tomar el poder político con el fin de transformar esta sociedad anquilosada, decadente y trasnochada. En esta hazaña, deberían escuchar las voces de aquellos mayores que conservan aún la sensatez y la honestidad (es el caso de Julio Anguita, entre otros), y cuyo ejemplo puede servir a los más jóvenes para que su acción política se base, esencialmente, en el respeto a las personas y en el mayor bien para todos los ciudadanos, y en general, en una gestión responsable de lo público, como corresponde a toda sociedad avanzada. A este fin pretende servir este modesto artículo de opinión.
Son ellos, los jóvenes, los que han de transformar esta sociedad, porque los mayores —los que deberían poseer la experiencia y el conocimiento verdaderos para gobernar— se han pervertido y/o se han anquilosado, debido a ese frío materialismo y al triunfo de lo personal y lo privado (frente a lo de todos y lo público), a los que aludía al principio. Los jóvenes de hoy —y quizás más aún los niños— traen nuevas ideas al mundo, ideas de unidad y solidaridad, de respeto y comprensión para todos, sin importar la raza, el color, la edad, el sexo, la nación, etc. Ellos han de poder transformar esta sociedad, sobre todo a través de una nueva educación, una educación pactada entre todos los partidos políticos y todas las fuerzas sociales, buscando siempre el bien común (lo que no han sido capaz de hacer los que, hasta ahora, han gobernado). Ellos, los jóvenes, saben y comprenden el profundo contenido de esta frase de Nelson Mandela «la educación es el arma más potente para cambiar el mundo».