Diario de León
Álvaro Caballero
León

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ARajoy, Agustín lo vinieron a buscar una mañana para que atendiera las reivindicaciones de los vecinos de uno de los distritos que le había tocado en el reparto, después de que el resto de los miembros del equipo de gobierno del Ayuntamiento se hubiera quedado con las zonas nobles y las residenciales. La gitana de los altos de Nava, que es donde se asientan las casetas prefabricadas que hay frente al hospital para que los enfermos se hagan una idea de que podrían estar peor, pidió audiencia y la secretaria del concejal de Hacienda la citó para la tarde siguiente en el barrio. El edil cogió el coche, aparcó donde pudo y retrepó por el caminín de tierra que hace las veces de acceso, mientras observaba la ingeniería de enganches de la luz que colgaban de la general. Salió la paisana a recibirlo con toda ceremonia, extrañada de que el concejal hubiera subido hasta esos andurriales, y casi sin respirar le hizo una visita guiada por los desastres del entorno, le recitó una lista de quejas y le pidió que, por lo menos, les echaran una capina de grava al camino para que no se les ahogara un niño en los pozos cuando llueve. Rajoy apuntó las peticiones y, cuando la paisana acabó, levantó la cabeza, hizo un gesto con la mano hacia los cables y le preguntó pausado cómo es que estaban así los enganches de la luz. La respuesta le graduó para la política: «¡Ay el payo, que tú aquí has venido a mirar pa’ abajo, no pa’ arriba!».

El consejo sirve para los ejércitos de políticos y aspirantes a ello que estos días recorren las calles para preguntar a los ciudadanos qué necesitan. Se organizan en cuadrillas, vestidos con colores más o menos chillones, y reparten gorras, bolígrafos, mecheros y hasta bolsas de la compra como si fueran de la caravana de la Vuelta Ciclista. El caso es que no se les ve apuntar mucho, aunque no se cansan de repartir su programa hasta confundir a la gente sobre su verdadero propósito: el otro día coincidieron varios partidos en el Barrio Húmedo y los chavales no perdían la ocasión de coger las octavillas por si eran para la segunda copa gratis. Luego van a estar cuatro años sin verlos, pero ahora todavía queda una semana por aguantar las invenciones que se les ocurran para probar su cercanía, como las escenas de compra en el mercado, las partidas de cartas o los paseos en bicicleta, que son un clásico al que no se resisten; sólo falta la vaquilla para que monten el gran prix. No hay ningún problema y todo será maravilloso.

Lo malo va a ser cuando entren a gobernar y se pongan a mirar para arriba.

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