LEÓN EN VERSO
Descamisados
H ubo que dejar pasar la campaña electoral para determinar si la escuela de querubines de Ampudia, provincia de Palencia, dominaba en la instrucción de las especies dominantes sobre las cenas con clases particulares de alquimista que se impartían en Riello, y que creíamos caducadas desde aquella tarde de mayo en la que Pano probó la pócima que con tanto mimo le había preparado a García Prieto. Ahora ya se interpretan sin injerencias del ruido interesado aquellos reglones borrosos que arrancaban objetividad a jirones, cuando el fiscal le preguntó a Marcos sobre la relación con el consejero de la Junta. Resueltas las incógnitas que por cautela se dejaron madurar hasta que cayeran sin agitar el árbol, León se desperezó de la caraja con el gesto de un minero que en tres minutos le inyectó a la campaña todo lo que le arrebata el poder; en un episodio sublime, de los que apenas aparecen en el catálogo de sueños a los que puede aspirar el leonés acostado en la apatía que desde hace treinta años le trasfunde el sistema, emergió un descamisado en el escenario, brazos en cruz en señal de pose y coraza ante los abucheos: descamisado, como los de Evita, cuando encargó la solidaridad entre los humildes para hacerse fuertes frente a la voracidad insaciable de los poderosos. Se sacó la camisa para enseñar la decencia que curte tanto desencanto y la dignidad que aflora en la piel de los que visten el alma con el traje de la calle. Descamisados de León, en un gesto fecundo que inundó de emoción a quienes no están dispuestos a resignarse a tanto paro, tanto hacer la maleta, tanto lunes al sol, tanta casa vacía y tantas escuelas sin niños; y al descamisarse elevó el ademán a excelso, en una actitud valiente que concedió hasta los que viven presos perdidos del aborregamiento. Cunde la sensación de que esto sólo importa cuando hace falta llenar la urna o si acaso para incluir en alguna declaración solemne. El momento resultó como un chasquido de dedos que despierta al hipnotizado e inunda el entorno de dudas, sobre si lo de la desigualdad social era realmente una consecuencia o era el objetivo. Y deja sin respuesta cuando el niño quiere saciar la curiosidad, y al papá, por qué somos leoneses, dan ganas de abrir el Martín Fierro, como Evita, y comenzar a recitar «Yo no tenía ni camisa, ni cosa que se parezca...», para alejar de la tentación del engaño a las generaciones menudas.