CUERPO A TIERRA
La sonrisa de Alaya
Q uería hablar de su maleta pero voy a hacerlo de su sonrisa. No de lo visible sino de lo invisible. La sonrisa de Alaya: giocondesca, íntima, presuntísima. Porque ¿alguien ha visto sonreír a la jueza sevillana? Los fotógrafos que se apartan como gozques asustados a su paso, desde luego no: sospechan que la lleva imputada dentro de ese «trolley» junto a los secretos de sumario. Una sonrisa de comisuras esposadas, a la que le han sido leídos sus derechos a expresar felicidad, pero cuya adusta dueña mantiene sojuzgada en aras de mantener la compostura de su alto cargo. Sonríen poco los jueces en público: debe de ser algo corporativo. Pero detrás de la gravedad del rictus de la jueza Alaya nosotros adivinamos una alegría «tan limpia como golondrina cuando bebe», que escribió Claudio Rodríguez, o tan oscura como los secretos que su talento penetra hasta desvelarlos con el rigor implacable del iluminador de un beato medieval.
La sonrisa de Alaya, breve como un epigrama, honda como un agujero negro, resplandece en su ausencia y se manifiesta con la energía de todo lo que no está. Es la potencia del hueco en las esculturas de Moore, el rasguño sobre la piel del lienzo de los cuadros con tajos de Lucio Fontana, la expresividad latente en las notas de la música callada. Como la llama de una pequeña vela que luce al fondo de una oscura capilla, minúscula y apartada, que no da calor pero constata la presencia de algo mayor que ella.
Esa sonrisa invisible, huidiza como un mohín o un animal silvestre amenazado de extinción por el tsunami de las migrañas, portadora de una alegría celeste, se intuye en todas las fotografías de Mercedes Alaya. Dichosos quienes hayan podido contemplar en la intimidad esa mueca fehaciente y sin domesticar. Si un día se hiciera pública tal imagen, no nos verbenarían los ojos: se detendría el lento curso de los astros en el firmamento.
Mientras eso ocurre, la jueza Alaya, en el crucero de la madurez, fulgura de una seriedad entre corintia por rotunda y sevillana por desinhibida que nos mantiene enamorados de su sonrisa ausente, corta por los dos lados, que procesiona como Manola sin Pasión. Toda mujer inteligente sabe que se la ama más por cuanto oculta que por cuanto exhibe. Esa alegría interior que le presumimos a Alaya la hace digna de un amor retórico, distante e imposible, con el mayor de los respetos.