Diario de León
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antonio papell
León

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D e momento, el mensaje dominante, casi monotemático, del partido hegemónico que gobierna en el Estado con mayoría absoluta se ha limitado a alertar a todos los españoles del riesgo que supondría, a su juicio, un cambio de política económica que alterara el rumbo actual de salida de la crisis, y que podría comprometer las expectativas de crecimiento acelerado y consiguiente caída del desempleo. Tal argumento, que mira claramente a las próximas elecciones generales y que ha sido divulgado con prodigalidad antes y después del 24M, incluye evidentemente la sugerencia de votar al PP para impedir que los esfuerzos que se han realizado hasta ahora sean inútiles.

Como ha podido comprobarse en estas últimas elecciones, la eficacia de tal estrategia ha sido bien limitada, y el PP, con un 27% de respaldo electoral, ha caído más de 10 puntos con relación a las municipales de 2011 y más de 17 puntos con respecto a las generales de ese mismo año. Quiere decirse que, de seguir por el mismo camino, la actual mayoría política tiene escasas posibilidades de mantener su privilegiada posición en la generales próximas. Al propio tiempo, las formaciones emergentes, que constituyen la gran novedad de esta etapa democrática y que han conseguido ya aposentarse en el tejido español en estas últimas elecciones, se muestran muy preocupadas —y con razón— por el pasado, por cómo librar a este país de la colosal corrupción que le ha invadido y cómo sentar las bases de un proceso político mucho más transparente y decente que el que nos ha traído hasta aquí.

Resulta, por tanto, que prácticamente todos los actores permanecen con la vista puesta en el pasado, los unos para alegarlo en provecho propio, los otros para utilizarlo como paradigma de lo antiguo y que no debe ser ya nunca más. Y no se ha abierto todavía el gran debate cabal de lo que debe ser el futuro en este país.

Lo que el electorado exige es un debate público, democrático y plural sobre las grandes urgencias de la próxima legislatura, que básicamente deberían consistir en la reconstrucción de la clase media, tan castigada y proletarizada. Además, es preciso extender una nueva cultura de la negociación y el pacto para dar estabilidad a la nueva política, que ya no será de mayorías absolutas porque se ha demostrado que los viejos esquemas conducen a la corrupción. Y hay que implementar una regeneración de la administración y de la política basada en la transparencia que haga imposible una recaída. Los partidos que hablen este lenguaje —y de momento lo están haciendo los partidos emergentes, Ciudadanos y Podemos, y está comenzando a balbucirlo el PSOE cada vez con más intención— tendrán un puesto asegurado en ese futuro que empieza a decantar. Quien no lo haga, quedará postrado y postergado en una posición marginal.

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