Diario de León
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lorenzo silva
León

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V an pasando los días y parece que el prematuro y un tanto estólido diagnóstico de victoria apresurado por Mariano Rajoy al día siguiente de las elecciones se desinfla y da paso a una complicada pero innegable hegemonía de la izquierda en multitud de instituciones tras la jornada del 24-M.

Es lo que por otra parte se corresponde con el voto popular: mientras la derecha retrocede, se desmoviliza o deriva a opciones híbridas, como Ciudadanos, la izquierda se ha hecho presente en las urnas con una contundencia que su fragmentación en diversas siglas no puede servir de coartada para menospreciar. De poco vale ser el más votado cuando muchos votos fueron a otros, cuando cabe interpretarlos como votos en tu contra y encima sucede que sus receptores pueden aglutinarlos mediante legítimos pactos.

Ahora bien, junto con el voto, y la posibilidad de gobernar, vienen las responsabilidades. La última vez que la izquierda tuvo un papel hegemónico fue con Roríguez Zapatero, ese presidente que dio pie a la derecha a ingeniar ese anagrama ominoso, Zetaparo, tanto más ominoso cuanto que resultaba en realidad bastante justo.

De la última experiencia de gobierno de izquierdas el país salió con una sensación de amateurismo e insolvencia que la derecha, como era su deber y su derecho, capitalizó hábilmente para hacerse con las mayorías absolutas de 2011. El Partido Popular ha dilapidado ese capital en solo cuatro años, con su tibieza ante su propia corrupción y su dureza al extender a los desfavorecidos la factura de la crisis.

Así lo denunció la izquierda, vieja y emergente, con el exitoso resultado que acaban de arrojar las urnas. Lo que ahora toca, el desafío para quienes con los pactos que sean alcancen el poder, es demostrar que además de criticar saben solucionar.

Los mercados vigilan y España es un país endeudado (lo que, nos guste o no, nos obliga a estar pendientes del veredicto de ese despiadado y amorfo ente supervisor).

Por otra parte, es hora de que la izquierda española refrene su tendencia a caer en excesos folclóricos (recuérdese el funesto plan E) y se muestre tan capaz de garantizar las cosas de comer como la opción opuesta, a fin de dejar atrás esa dicotomía que tanto rédito les da a los conservadores.

No puede alcanzarse la justicia social si las soluciones son económicamente insostenibles, de igual modo que no hay sostenibilidad económica si el precio es la injusticia social, lección que tras su reciente descalabro electoral deberían haber aprendido los dirigentes populares.

Otra asignatura pendiente, para unos y para otros, es la superación del cainismo y del sectarismo hispanos, que tanto plomo nos pone en las alas, frente a los países exentos de esa anacrónica patología.

Que algún día fuéramos capaces de hallar un himno que no pitara nadie, por ejemplo, sería una excelente señal.

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