Diario de León
Fernando Jáuregui

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E s de suponer que a muchos españoles les ocurrirá lo mismo que a mí: contemplo perplejo el retorno a las peores formas de la política, esa política que, en busca de los pactos, se esconde para almorzar y cenar en lugares ‘neutrales’ y secretos. Se trata, dicen, de llenar el vacío de poder dictado por las urnas el 24M, fecha desde la que hemos comprobado hasta la saciedad esa vuelta a un pasado sin transparencia, en el que el ciudadano, una vez que deja de ser elector hasta los comicios siguientes, deja de interesar hasta que vuelva a convertirse en votante. Un vistazo por los medios de comunicación lleva a constatar hasta qué punto la decepción impregna a quienes quisieron, quisimos, creer en las palabras de regeneración y en los golpes de pecho que proliferaron durante la campaña electoral.

Llenar ese vacío de poder, que empieza a resultar insoportable, que está lastrando inversiones, planes de actuación y hasta el consumo, parece la meta de un Rajoy que pierde mucha influencia territorial, de un Pedro Sánchez que quiere ganarla, y de las fuerzas emergentes, Ciudadanos y Podemos, que parecen divertirse muchísimo con el acoso y los cantos de sirena con los que les obsequian los que necesitan su apoyo para aposentarse en sillones municipales o autonómicos. Pero siempre, ya digo, a espaldas de esa gente maravillosa que es la que, al final, vota y paga almuerzos y cenas, además del sueldo de quienes dicen representar al pueblo. Pero, claro, sin el pueblo. Así que las esperanzas de ver cómo se abrían las puertas de La Moncloa para recibir a visitantes que antes por allí no pasaban han quedado frustradas. Y, por cierto, ¿no sería refrescante ver la imagen de Mariano Rajoy recibiendo en ‘su’ palacio al líder de Podemos, Pablo Iglesias, absurdamente excluido por el presidente de las reuniones bilaterales ‘todos-con-todos’ en busca de la ‘gobernabilidad’?

Y hablando de refrescos. Claro, existen excepciones fugaces que nos hacen vislumbrar que en algunas instancias se entiende que ha llegado una nueva era que exige formas y fondos nuevos. Veo a la muy probable alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, a la que algunos, creo que sin demasiado sentido, quieren colocar en una extrema izquierda roja-roja, reunirse con un banquero de moda en términos muy pragmáticos. Oigo a la también muy probable alcaldesa futura de Barcelona, Ada Colau, desmentir a quienes la tachaban de ‘independentista’ (además, claro, de ‘roja’) abominando de pactar con la nefasta Esquerra una hoja de ruta secesionista.

Pero ya digo: son excepciones, y no estoy hablando de la dialéctica que se nos ha instalado —de nuevo las dos Españas— izquierda-derecha. En general, no han entendido el mensaje. Pues ya verán el que, a este paso, pueden enviarles esos olvidados electores, que me parece recordar que son ciudadanos y no súbditos, dentro de cinco meses cuando recuperemos, la condición de portadores y emisores de voto.

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