Diario de León

Publicado por
Venancio Iglesias Martín Catedrático de Literatura
León

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C uando pulso el botón de encendido de la tele y aparece una tertulia de famosos, me asalta un estado de desconcierto que se parece mucho al malestar intestinal o la fatiga de una mala digestión. ¿Cómo se ha llegado a la situación en que un hombre, una mujer de bajísima escolarización alcance tanta fama? ¿Cómo una analfabeta funcional puede permanecer años como modelo humano dentro de los hogares? El Gran Teatro del Mundo de Calderón no lo explica porque, en cierta manera, el mundo estático que procede de la religión cristiana y el estoicismo, «sabe» que todos los papeles son necesarios para llenar el escenario y el mundo allí representado es el querido por el Autor Divino.

Pero la potencia de la imagen del mundo como escenario de un gran teatro, forma parte de la vida y todos los cambios de ropa (para la casa, para el trabajo, para salir o para los diversos acontecimientos y fiestas) y todos los cambios de lo que se llama look muestran que esa convicción ha calado en la sociedad. Y toda la política ¿qué es sino un reparto de papeles y una preocupación mayor por aparentar que por ser?

La mirada profunda sobre el hombre la dió uno de los primeros trágicos: Esquilo. «Hay muchas cosas terribles en la naturaleza pero nada tan terrible-admirable como el hombre». El hecho mismo del escenario genera una rara ambición: la de causar admiración, ser conocido y llegar a ser famoso. En el cristianismo, el aparente desprecio por la fama escondía la ambición de alcanzar el mejor escenario: el de los altares. Todavía hoy impresiona el escenario de las fieras, donde los cristianos eran actores del desprecio al dolor y la muerte, y donde el pagano podía encontrar un admirable modelo de un hombre nuevo y una nueva virtud. En el Renacimiento, como señala Burckhardt, la fama quedó unida al desarrollo de la personalidad que se adornaba de cualidades admirables. Es en el Romanticismo cuando el escenario se vuelve actor y expresión de los estados anímicos interiores. Estados de alma dolorosos, terribles, trágicos tenían su versión en diversas clases de tormentas… Ello dura hasta Tennessee Williams y el escenario del siglo XX que se va simplificando y adquiriendo una voz negadora del existir: el absurdo.

Si la fama fue el motor del desarrollo de virtudes y de admiración, también la fama podía proceder de los escenarios y acciones humanas más monstruosas. Pero en el siglo XX aparece un fenómeno nuevo y desconcertante. Es el escenario el que decide sobre la fama. Da fama haber actuado o expuesto en los escenarios famosos. Son los escenarios y no los personajes los que deciden quién sube y quién baja o quién no sube en absoluto. No es necesario atender a virtudes especiales ni a cualidades admirables obtenidas en el esfuerzo, no. La ausencia de cualidades es un atractivo argumento para que el escenario convierta a alguien en famoso. Propiamente, la fama y la notoriedad son asuntos distintos, sin embargo los propios escenarios, los medios de comunicación han decidido romper los límites del significado de ambas palabras y confundirlas. Fama es la opinión que la gente tiene de la excelencia de alguien en su profesión o arte (DRAE). Notoriedad como propiedad del notorio es lo público y sabido de todos. Aunque puedan confundirse en el mundo de la televisión es «público y notorio» que tienen significados distintos.

Esos «platós» terribles, similares al escenario sartriano del infierno, donde los «famosos», que lo son por las razones más pintorescas —ser ex-esposa de un torero notorio porque cortaba orejas y rabo, o ser ex de un famoso cornudo, o ser notorio por los propios escándalos, por los coitos habidos con otros notorios del mismo jaez, por haber sido abandonada por otro notorio, o (y esto es terrible) por las propias pocas luces o el analfabetismo que (instinto básico) cruza y enseña la entrepierna con galanura— estos platós digo, son los distribuidores de la «fama». Y los «famosos» que en ellos se congregan, aparecen en el «sancta sanctorum» de los hogares explicando desde la altura y «autoridad» que da la fama un modelo de vida nauseabundo y unas relaciones humanas próximas a la animalidad más despreciable. El idioma desgarrado del tonto, tonto pa siempre, la grosería del pensamiento más vulgar, la memez como modelo de «saber estar»; la confesión sórdida de sórdidas aventuras sexuales reales o inventadas; la exposición indecente de lo que debiera quedar sepultado en la privacidad; y todo ello en el lenguaje soez de la taberna y con exhibición de muslo y braga, de escote y tetamen elevado «ad hoc», o paquete de probado tamaño y condición, corregido y aumentado, todo ello aparece en mitad del hogar donde antes se guardaba el fuego sagrado de la familia y sus dioses. Ya pueden los gobiernos pensar sesudos programas educativos, actividades culturales selectas para almas selectas, ya pueden los últimos curas perorar sobre la moralidad de las costumbres y las formas de preservar atmósferas éticamente sanas en el seno de los hogares. ¿Selección?¡Amos, anda! Como no sea del Madrid… ¿Educación? ¡Amos anda!

Todo eso entra a degüello en el huertecillo del alma donde se cultivaban rosales y fresas otrora.

Eso dije delante de la tele. Y una señora llamada Belén Esteban, hinchó el morro dentro de la caja y tronó mirándome: —¡Tié usté razón seor mentiroso, pero podría hacer más chico discurso y sin babayadas!

—¡Mecagüen!

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