Diario de León

FRONTERIZOS

La inutilidad de los nenúfares

Publicado por
miguel á. varela
León

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P aseaban Ramón María del Valle Inclán y Francisco Villaespesa junto a un estanque. Preguntó el poeta modernista al de las barbas de chivo si conocía el nombre de aquellas flores tan vistosas que flotaban sobre las aguas.

—Se llaman nenúfares; como esos que usted saca tanto en sus versos, dicen que contestó, escarbando en la socarrona retranca de su tierra natal, el padre del teatro moderno español.

La palabra nenúfar manoseada por un poeta irresponsable para forzar la rima. La palabra regeneración, la palabra democracia, la palabra transparencia, la palabra ciudadano… Palabras sacrificadas por los propietarios de las urgencias políticas frente al muro de la vacuidad, frente al paredón de la indignidad y el interés más bastardo, más tosco, más primitivo. La corrupción más grave, la de la mente, tiene que ver con la corrupción de las palabras, un mal temible que ha acabado pervirtiendo a la sociedad, venía a decir hace unos días Emilio Lledó. Y se lo escuchamos el anciano filósofo en televisión, en horario estelar, en un programa que satiriza una actualidad que parece expresamente creada para ser satirizada. Fueron unos pocos minutos en los que perdonamos a la caja parlante su larga lista de pecados sociales.

La metástasis social empieza cuando un comerciante de palabras convierte en virutas cotizables la moneda de oro de una palabra en la que confiamos, rompiendo el pacto de un significado en el que depositamos nuestras esperanzas.

O cuando un poeta coloca nenúfares en su verso sin haberse mojado nunca en un estanque, sin llegar a entender la belleza tan inútil pero tan necesaria de una flor flotando en el agua.

Piensa uno en todo eso en compañía de Ester Folgueral, que ha publicado un libro al que ha llamado Toma de tierra , en el que salen muchos animales que vuelan y muchos animales que escarban. Ester conoce el esfuerzo que supone buscar nombres a lo que probablemente sea innombrable.

En ese camino ha ido profundizando en una forma de conocimiento en el que se mima la imprescindible herramienta de la palabra. La palabra necesaria, la palabra que limpia la herida, que alimenta y a la que no se puede tratar con la ligereza del trilero que se guarda la bolita en la manga ni con la desvergüenza del falsificador de certidumbres.

Caminando por Toma de tierra concluye uno que no hace falta oído para oír, que sólo la claridad de la conciencia es capaz de hacer dulce lo amargo y de encender las rosas en la habitación para hablar de la nostalgia del recado de vivir. A su abrigo se está a salvo de los farsantes que venden nenúfares en la plaza sin haberse nunca bañado en un estanque.

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