Diario de León
Publicado por
antonio manilla
León

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C omo una bocanada de primavera inundando esa escuela de gladiadores contemporánea que es un gimnasio, la imagino yendo a entrenar con sus inseparables muñequeras de color rosa. Irrumpiendo igual que una declaración de feminidad en una convención de machos alfa, resquebrajando tópicos y rompiendo esquemas, la dos veces campeona de Europa de halterofilia Lidia Valentín camina por la vida y por el deporte con una sola imagen, pese a moverse en la elite de una disciplina resultadista donde, como en tantas otras, prima el fondo sobre la forma, lo práctico frente a lo retórico, el récord ante la estética. Ella misma lo había dejado claro: «Antes de ser deportista, soy mujer y me gusta maquillarme». Ya sabemos que lo femenino no es lo externo y que el hábito no hace al monje, pero, en un ámbito tan cargado de testosterona como el de la competición, algo así parece el alegato de una sufragista en medio de una asamblea de viejos sureños. Ella es berciana pero podría pasar por británica.

Entre discos, pesas y mancuernas, discurre el entrenamiento cotidiano en un centro de alto rendimiento de la dulce Lidia. En el cultivo del músculo y en la conquista de la técnica, sometida al rigor de una dieta basada casi exclusivamente en hidratos y proteínas, labra sus futuras hazañas. Si hablásemos de poetas, su gesta diaria nos sugeriría cantos marciales del espartano Tirteo, epigramas aguerridos de Rudyard Kipling, versos épicos de Julio Martínez Mesanza. Pero entonces nos fijaríamos en sus pendientes de perlas o en la suave sombra que ampara su mirada ganadora y tendríamos que evocar Beatrices y Lauras y Leonores, no poemas sino musas inspiradoras, la obra de hombres que fueron sugestionados antes por la belleza que por el ardor guerrero

Porque Lidia tiene algo de atlética mujer inverosímil y hermosa muñeca de porcelana, con la carcasa de hierro y el alma de espuma de las olas, que en ejercicios de dos tiempos va construyendo su propia áurea de bélica doncella. Su sonrisa es como una rúbrica en el aire que nos está afirmando que amanece en algún sitio en ese instante. Estamos tentados de escribir que la dulce Lidia no es una mujer sino una cumbre que apacienta precipicios con la nube de su hermosura enmascarando incontables horas de esfuerzo y superación, talento natural y maña cautivada con sudor y lágrimas, la bella danzando con la bestia en un solo cuerpo, sin ninguna supremacía.

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