Diario de León
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miguel paz cabanas
León

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T odas las ciudades tienen sus lugares con glamour y los modernos que acuden habitualmente a ellos. Cafeterías vintage, bares bohemios, locales donde se dan cita los poetas más conspicuos. En París era Montmartre, claro, y en Madrid Malasaña y La Latina. Sobre León es posible que haya distintas opiniones, seguramente enfrentadas: depende si se lo consultas a un gafapasta o a un escritor engreído. A uno, que ni es artista ni es nadie, le van los sitios más decadentes y hasta con un matiz canalla. El barrio de El Crucero, sin ir más lejos. No recuerdo haber asistido a ningún acto literario allí, pero a fe mía que lo merece.

En El Crucero es difícil que te tropieces con un cantautor o un escritor de sombrero y perilla: lo propio es ver moros, viejos con pantalones de tergal y señores de nariz porruda. Sin embargo, cuando llevas un tiempo trabajando o residiendo allí, te topas con gente más particular. Gente que, en el torno de la vida, entre cerámicas y lozas nupciales, parecen alfareros invisibles: personas que, en la penumbra de los días, emiten su propia luz, tirando a discreta, como esas luciérnagas frágiles que sobrevuelan la superficie de los estanques.

En la esquina más veterana del barrio te encuentras a Isidro, un quiosquero flemático con quien podrías pasarte horas hablando de buen cine: no de los estrenos de aluvión, sino de cine de verdad, el de Truffaut, Tarkovski, Ozu o Erice. Su debilidad son los western y de Lee Marvin a James Coburn no se le escapa ningún rostro venerable del género. Al fondo de su kiosko, en días impares, puedes darte de bruces con Juan Eichorn, que es, aunque ustedes lo ignoren, el lector más voraz, empedernido y exquisito de esta ciudad. Eso sí, seguramente no lo verán nunca poniendo rostro ensimismado en una velada de postín.

Junto al horror que los arquitectos municipales perpetraron en la fuente de Pinilla, hay una joyería en la que Jesús Prieto Olite, gemólogo y aventurero, conversa con ese sentido de la prudencia y la lucidez que uno desearía para el alcalde de su ciudad. Es un pozo de sabiduría sensible y práctica, y una persona entrañable.

No muy lejos de allí, en una peluquería de caballeros que conserva el aire de otro tiempo, José Manuel González Busto tiene a disposición de sus clientes objetos y artefactos de una nostalgia embriagadora.

El parque de Quevedo podría ser el punto de fuga donde, casualmente, podrías encontrarte con cualquiera de ellos. O cerca de El Maragato, después de comerte un crujiente bocadillo de tortilla o panceta. Poco glamour, por supuesto, ninguna pompa, ninguna majadería, solo la impresión de que este barrio también tiene, como diría Carson McCullers, sus corazones distintos y solitarios.

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