Diario de León

Publicado por
Jesús María Cantalapiedra escritor
León

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H erencias, mandas, legados y usufructos, haylos de muy diversa condición. Las herencias pueden ser justas, equivocadas, perversas por olvidos o venganzas, políticas, o referidas al lenguaje entre otras. Las políticas, siempre, según nos cuentan quienes de pronto acceden al poder, las reciben sañudas, ponzoñosas y envenenadas (el que venga detrás que arree, y a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga). Últimamente muy repetidas y populares. Suelen ponerse en vigor cada cuatro años.

Las herencias del lenguaje, por acción u omisión, casi siempre son irreversibles. Dejan un mal poso vitalicio. En este país se ha pervertido el lenguaje de Cervantes. Los respectivos mandatarios de Cultura hace mucho tiempo que olvidaron en sus planes de estudio las Humanidades. Y, el lenguaje forma parte de tales disciplinas. Mucho me temo que, por ejemplo en Madrid, la recién aparecida Concejala de Cultura de su Excelentísimo Ayuntamiento vaya a aportar nada positivo, a juzgar por sus manifestaciones autobiográficas.

Se acaban de descubrir los restos de Cervantes, o al menos eso se nos asegura. Buen momento sería para en su recuerdo y lectura, insistir en el correcto léxico de nuestra hermosa lengua, junto con la no menos sugerente y dulce musicalidad de la francesa. Algunas de las más bellas frases del mundo han sido manuscritas. «Cada lágrima enseña a los mortales una verdad». «Confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amarguras». Mas, lamentablemente, hemos llegado a un estado de vulgaridad escrita y hablada que asusta, aparte de ininteligible. No solamente en los jóvenes; también en los más talludos y en los que peinan canas. Todo ello, quizás por culpa de las nuevas tecnologías o la zafiedad de quienes deberían dar ejemplo por su condición de compañeros de un viaje que pudiera ser grato.

Un padre, cansado de la forma de expresarse su hijo de 22 años, le ordenó: «Luis Eduardo, sin ninguna objeción, tienes que cambiar ese modo de hablar. Te vas a leer el primer capítulo de El Quijote, y después me escribes en una cuartilla lo que has sacado en conclusión. Te doy dos días». El jovenzuelo, a disgusto, dijo q ya lo haría. «No. Lo quiero para mañana sin falta» -respondió con seriedad-. Y así lo hizo a regañadientes. Al día siguiente, al atardecer, después de haber leído una página del primer capítulo, le entregó a su padre la transcripción de lo visto. Decía así: «En un sitio d La Pringosa, d cual mote no me sale d ahí acordarme, no hace la tira d años q andaba por ay un jevo rustico d los q currava en la astilla antigua y además tenía un jamelgo que no molaba y una especie d chucho alargao q corría q se las pelaba. Jalaba d puta madre. Vaca, carnero y garbanzos, y los domingos palominos (q no se q coños es). Se ponia un chándal algo chungo. Vivía con una paisana mayor y además una titi de 20 tacos q pa mi q se la estaba trajinando el joputa del. Joer con el tio. Se llamaba Quijada, o sea, y tampoco curraba. Taba toldia venga leer libracos y tubo q vender lo sembrao pa mercarse libros d cabayerizas. Lo cual q staba comuna puta cabra. Y después fue cuando yo ya estaba asta los guevos y me largue a trincarme un cubata. Dejame en la mesilla 100 pavos q mañana tengo movida con los colegas».

¿Quiénes hemos o han admitido tales mandas intoxicadas ?

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